La hora de irse a dormir y los problemas de sueño en la infancia

¡Pesadilla!, llega la hora de irse a dormir

Muchos padres al leer esta frase sabrán perfectamente de lo que estamos hablando y es que los trastornos del sueño en la infancia son fuente de sufrimiento también para ellos que reciben en bruto e impotentes la angustia de su hijo.

Para acompañarles rescatamos esta semana el conmovedor relato de una madre que lucha que para tratar de afrontar el grave trastorno del sueño que comenzó a manifestar su hija mayor al cumplir los 2 años. Este testimonio titulado “Our Sleep Training Nightmare” fue publicado originalmente hace dos años en The New York Times pero Lisa Selin Davis además de mamá es escritora y autora del libro “Lost Stars or What Lou Reed Taught Me About Love”.

Las recetas a veces sirven y otras no pero los relatos nos han acompañado desde hace siglos y seguro que este hará sentirse acompañados a los padres que estén pasando por esta difícil situación.

“Somos esa familia contra la que su pediatra Pro-entrenamiento del sueño le advertirá.

Cuando nuestra primogénita cumplió 2 años y comenzó a gritar en la cuna, la trasladamos a un colchón en el suelo, y nos acostábamos con ella hasta que se dormía — a veces durante dos horas. La dejamos dormir en nuestra cama. Pusimos el colchón en nuestra habitación, y la dejábamos dormir ahí. Cada variación, porque ella — porque nosotros — necesitábamos dormir.

Durante el día, ella era sociable, sonriente y dulce. Su pequeño cuerpo tenía músculos fibrosos, y podía saltar muy alto: un Tigre pero con más alma.

Pero durante la noche: rabietas, ansiedad, vigilias, horas para dormirse.

Consultamos con el médico cuando tenía casi 3 años. Hacer un libro con fotos de la rutina de la hora de ir a dormir, dijo. Prueben la Valeriana.

Y: Enciérrenla en su cuarto.

¿Pero eso no es maltrato infantil?, le preguntamos. El doctor dijo que había hecho lo mismo con su propia hija, que sólo tomó dos horas, y que en una noche se acabó.

Pero no pudimos hacerlo.

Al año siguiente, pagamos 500 dólares a un especialista del sueño. Se acarició la barbilla, como una caricatura de terapeuta. Era un caso avanzado, nos dijo. Consigan un animal de peluche enorme, uno que se sienta como un cuerpo. Utilicen este CD de música clásica que simula los latidos del corazón.

Y: Enciérrenla en su cuarto.

El cerrajero, un tipo enérgico con un fuerte acento de Staten Island, puso un cerrojo de latón, y me dio dos llaves brillantes, sin preguntar por qué la cerradura estaba en la parte exterior de la puerta.

Pero seguíamos sin poder hacerlo.

El año pasado, lo suficientemente mayor como para notar la injusticia, su hermana pequeña, entonces 2 ½, preguntó por qué ella tenía que dormir sola cuando el resto dormíamos en la misma habitación. Un argumento convincente.

Tengo el sueño ligero, el más ligero. Mi marido dormía pero yo me despertaba en cada gemido o crujido, todas las noches. Durante años, mi hija no podía quedarse dormida por su cuenta, pero la tendencia de su sueño tomó tanta energía y tiempo, y teníamos tan poca energía o tiempo. Amo a mis hijas con toda mi alma, pero son máquinas de enervación.

Los doctores — mi doctor, su doctor — advirtieron que si no aprendía a dormir sola, tendría problemas de por vida: ansiedad, depresión, reducción de la función ejecutiva. (ella sería como yo, pensé para mí misma.)

En efecto, cuando tenía 5 meses habíamos probado con éxito el programa de entrenamiento del sueño “deja al niño gritar”, pero en este punto no podíamos tirar más de nosotros mismos para hacerlo otra vez. La llevamos a un especialista de conducta. Dijeron que hicieran un registro con lo que necesitaba hacer antes de acostarse. Dígala que la noche es sólo para dormir, no para rabietas o para despertar a mamá.

Y: Enciérrenla en su cuarto.

Quizá si no hubiera vivido en Brooklyn, la capital de la parentalidad, rodeada de familias que parecían tan competentes y seguras, no me habría importado. Cuando me iba a la cama por la noche, estaban mis chicas, acurrucadas en el futón justo al lado de mi cama, gemelas en un útero de algodón orgánico. Me llenaron de gratitud, casi un dolor de ella. Quizás esto era lo que era correcto para nuestra familia, pero con todo el ruido de las otras familias y médicos, no lo podía asegurar.

Finalmente, en febrero del año pasado, les compramos una litera, como soborno. Podrían tener vídeos y azúcar — podrían tener cualquier cosa, en realidad — si se quedaban en ella.

Lo hicieron. La hora de dormir era todavía una pesadilla, pero mi hija mayor se quedó en su habitación hasta la mañana. Durmió. Dormí. Todos en casa dormimos durante cinco meses. Fue una cosa hermosa. Y luego se detuvo.

Apareció al lado de la cama, un fantasma viviente, agarrando su querido mono y mirando fijamente con una mirada embrujada en su cara. Tiene 6 años, a un mes de cumplir 7. Durante una semana se ha estado despertando al final de cada ciclo del sueño. Al rededor de 45 minutos. A veces una hora.

Al principio estaba confundida. ¿Qué haces despierta? Vuelve a la cama.

Después molesta. No hay que despertar a mamá por la noche.

Y luego enfadada. Hora tras hora, me despierta. Mi marido duerme, excepto cuando levanto la voz. Así es como torturan a los terroristas.

No quiero estar sola.

Tu hermana está contigo.

Necesito un adulto.

No, cariño. Puedes hacerlo. Eres fuerte.

Como los expertos aconsejan, la devuelvo a su cama en silencio, pero son demasiadas veces, es demasiado.

Llamo al doctor. Haga un pequeño libro con fotos de la rutina de la hora de dormir, dice. Explique que la noche es sólo para dormir.
Eso es lo que dijiste hace cinco años, digo yo.

No tiene nuevos consejos.

Sólo este viejo consejo: encerrarla en su habitación.

Estoy tan cansada. Está tan cansada. No va a dormir.

Se lo explico: si dejas la habitación, tendré que cerrarla hasta las 7 a.m. Utilizo el guión que el doctor me ha proporcionado. Me llevará dos horas, dijo, y la noche siguiente no volverá a ocurrir.

Deja su habitación. La encierro adentro, y la cerradura chirría. Ella golpea la puerta. Después de dos horas, no ha habido ningún cambio en los gritos, excepto que de vez en cuando dice, ¿hay alguien ahí? ¿os habéis ido todos?

Yo nunca te dejaría, le digo a través de la puerta cerrada, saliéndome del guión. Nunca. Te quiero. Sólo quiero que duermas. Esto es lo que el doctor dijo que hiciera.

Grita toda la noche. Escribe “lo siento” en trozos de papel y los desliza por debajo de la puerta. Mi cuerpo se siente envenenado. ¿todos los profesionales pueden estar equivocados? Mis instintos dicen que sí, pero en realidad nunca he estado hablando con mis instintos.

La puerta permanece cerrada hasta las 7 a.m. Ninguno de nosotros ha dormido más de una hora. No puede ir al campamento de verano. No puedo ir a trabajar. Pasamos el día juntas, jugando a las cartas y dibujando. No hablamos de eso.

Llamo al doctor. No fueron dos horas. Y no durmió. Y las notas, lo siento notas-demasiado. ¿Cómo no es abuso de niños?

Hmm, ella dice. Casi puedo escucharla acariciándose su barbilla. Inténtalo dos noches más. Tómate un somnífero. Ponte tapones para los oídos.

Mis instintos me dicen que no, no, no, pero hago lo que el doctor, los expertos, dicen.

Toda la noche. Gritando. Ella golpea en la puerta tan fuerte que las vibraciones llegan a través de las paredes de sueño.

Cualquiera que sea la lección que se supone debía aprender, permanece desaprendida. ¿Estoy llorando más de lo que llora ella? No hay forma de saberlo. No puedo verla.
Después de la tercera noche, llamo al doctor, llorando. Estamos desesperadamente cansados, con cicatrices y asustados.

Finalmente dice, se trata de un caso muy avanzado.

Creo que puedes parar ya, dice. No creo que vaya a funcionar.

Todos los expertos estaban equivocados. La bala de plata del sueño no existe, sólo el latón empañado de un cerrojo. Ahora entiendo: he estado criando a la niña que yo quería que fuera, y no a la niña que es.

Mi hija no quiere hablar de por qué necesita un adulto, o por qué se despierta cada hora, o del candado. Digo, eso realmente no estaba funcionado para nuestra familia, así que vamos a intentar algo más. Hace un pequeño guiño.

Puse una colchoneta de yoga en nuestro suelo. Si necesitas entrar, acuéstate en esta colchoneta y no me despiertes.

Por la noche, después de las historias y de apagar las luces, las dos chicas y yo nos acostamos en la cama, escuchando el zumbido del ventilador. No hay mayor gozo que esto, las piezas del rompecabezas de esos dos cuerpos encajan perfectamente en las mías. Tal vez esta noche se queden aquí, toda la noche, y acepten la hermosa medicina del sueño. Esto es la crianza de los hijos, entonces: tratar y fallar y llegar y faltar y a veces hacerlo bien, y siempre amar.

Sólo hay una cosa que sé con certeza: no voy a cerrar la puerta. Nunca voy a cerrar la puerta.”

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