What´s Up, Doc?

Vaya por delante, que no soy Doctor. Si, licenciado en psicología clínica especializado en psicoterapia psicodinámica. Y por aquello de no ahondar en él enredo, traigo la aclaración.

Aprovecharé el sugerente título de la maravillosa comedia de Peter Bogdanovich, interpretada por Barbara Streisand y Ryan O´Neal (1972), para abordar una pregunta que frecuentemente nos suelen hacer a los psicoterapeutas, tanto aquellas personas que acuden directamente a nuestras consultas como aquellas con las que compartimos otro tipo de ambiente más informal o distendido.

Generalmente, nuestros pacientes son jóvenes y adultos, que se encuentran en situaciones vitales muy diversas y diferentes. Pero comparten algún tipo de malestar, bloqueo o insatisfacción… síntoma, en ocasiones difícil de explicar o comprender para ellos mismos.

Aparecen temas vinculados a las relaciones de pareja, expectativas de vida respecto a lo que podría haber sido y no fue, frustraciones e insatisfacciones que de forma persistente no encuentran acomodo ni encaje adecuado en el día a día. Acuden también niños mayoritariamente traídos por sus padres, al ser alertados de dificultades en el colegio, en las relaciones familiares o en el ámbito social. En menor medida, también hay niños y especialmente algo más adolescentes, que solicitan directamente a sus padres realizar la consulta al detectar su propio malestar.

Con los niños y adolescentes hay que destacar que todavía se encuentran en un proceso evolutivo de cambio constante, y queda pendiente el siempre delicado paso por la pubertad y la adolescencia. En este período no está asentada del todo la personalidad, ni sus defensas y por lo tanto es una etapa vulnerable y más susceptible a los cambios que habrá que ir observando meticulosamente y sin adelantar acontecimientos.

Con todo lo diverso que puede parecer este abanico de niños, adolescentes, o adultos, en su mayoría son personas que pasan por un psicodesarrollo con problemas que se denominan trastornos neuróticos.

Es decir, dificultades del individuo con su entorno, existiendo un principio de realidad bien asentado y delimitado que permite, pese a la sintomatología, un funcionamiento vital relativamente adecuado, flexible y satisfactorio. Donde no se produce una pérdida de contacto con la realidad ni un abandono de las habilidades y capacidades básicas de funcionamiento, aunque como hemos visto más arriba puede ir acompañado de un gran dolor, sufrimiento y malestar.

Pondré un sencillo ejemplo, el caso de una mujer que refiere episodios de ansiedad a la hora de viajar en metro o salir de viaje. Es una mujer que trabaja, tiene una relación de pareja y amistades. De joven, al poco tiempo de salir de casa de sus padres comenzó con estos episodios y lleva muchos años sufriendo estas situaciones, incluso ha llegado a ocultar sus temores y poner todo tipo de excusas por no exponerse a una crisis en presencia de otras personas. Expresa que se vio forzada a salir de casa de sus padres y que todavía lo está pagando. En el caso de esta mujer, se puede apreciar que, aunque haya momentos en los que lo pasa muy mal y se ve obligada a encubrir o esconder sus temores, no se ha producido un quebranto psíquico de su funcionamiento mental.

La gravedad o levedad de una manifestación sintomatológica psíquica irá directamente proporcional a la de su intensidad, así como a la capacidad del sujeto para afrontar y elaborar dichas agresiones.

Sin embargo, también tratamos a otro tipo de pacientes con una trayectoria y evolución más complicada: adultos y niños con graves limitaciones para el normal desarrollo de su vida cotidiana. Con trastornos mentales graves que bloquean su capacidad para desarrollar, soportar y superar la propia vida íntima y personal, familiar, escolar, social o laboral.

En este caso, las dificultades fundamentalmente se centran en un potente conflicto con uno mismo: obsesiones e ideaciones invasivas, temores incapacitantes, ideas y sensaciones delirantes, o aspectos fuertes de carácter fóbico, evitativo o autístico. En donde el mundo exterior, tiene un papel muy poco relevante o casi podríamos decir de figurante.

En estos casos, que podríamos denominar de trastornos psicóticos, más graves, no hay que olvidar que volvemos a encontrarnos con una cuestión de grado, el tratamiento debe ir acompañado de una intervención multidisciplinar, en colaboración directa con apoyo psiquiátrico para valorar cuando hace falta una pauta de medicación, así como la intervención con la familia o la institución (si se da el caso de niños que estén institucionalizados, que acudan a hospital de día o adultos cuartelados)

Nuestra labor, en estos casos, no radica tanto en ayudar al paciente a resolver aquellos conflictos que dificultan o alteran su vida cotidiana (en el ejemplo anterior tendría que ver con comprender y entender los motivos para que le genere un estado de ansiedad el metro o los viajes), sino que más bien implica el gran reto de establecer un vínculo afectivo y de confianza que le permita estructurar y organizar un mundo interno, generalmente dañado y hostil con uno mismo, para permitirle crear puentes de comunicación con uno mismo, y posteriormente con el entorno exterior.

Por lo general, estos pacientes tienen una mayor dificultad para desenvolverse en el día a día, tanto en el ámbito familiar, escolar, social o laboral. Señalaré otra breve viñeta: Se trata de un hombre que de forma reiterada presenta pensamientos invasivos relacionados con un examen que aprobó y que achaca a la influencia académica que tenía su padre en aquellos momentos en la universidad y no a sus propios méritos como estudiante. Estos pensamientos se repiten de forma constante e invasiva generando una sensación de acoso y agotamiento que ha llevado al paciente a dejar de trabajar e incluso a abandonar sus escasas relaciones sociales por temor a ser descubierto.

En ambos casos se aprecia un malestar psíquico, pero en el primero no se observa un pensamiento intrusivo ni delirante, la paciente puede reflexionar y buscar las causas de su malestar y tratar de ponerle remedio. Se da un dialogo consigo misma y con él terapeuta que permite acceder y desentrañar un conflicto. En el segundo caso, los pensamientos son invasivos de perjuicio, acoso, mandatos de los que no se puede zafar. Esto provoca un cortocircuito en la comunicación y cualquier intento por desenmarañar ese discurso es recibido como una amenaza a su integridad.

Por lo tanto, el modo de abordar al paciente es radicalmente distinto. Por supuesto que también es necesario establecer un dialogo, pero previamente hay que conectar las bases que lo hagan posible.  A través de un vínculo de confianza que poco a poco permita desplazar esos pensamientos de perjuicio y agresión, aportando el terapeuta una experiencia emocional correctiva que de confianza y seguridad al paciente en sí mismo.