La dictadura de la felicidad

La dictadura de la felicidad

Todo empezó cuándo Martin Seligman psicólogo estadounidense y presidente en su día de la American Psychological Association (APA) cuenta que quedó sorprendido cuándo su hija de cinco años le llamó “gruñón” un día; a partir de aquí tuvo un insight, su descubrimiento de lo aburrida y negativa que era la psicología que estaban practicando.

Seligman (2003) circunscribe la psicología positiva en su teoría del bienestar, basándolo en el crecimiento personal y en las diferentes formas de aumentar dicha experiencia. Asimismo, se asume dentro de la psicología positiva la importancia casual que las emociones tienen sobre la salud y el bienestar pero como critica Lázarus (1999) sólo permite aquellas denominadas positivas. Para Lázarus, esta dicotomía resulta bastante simplista ya que divide las emociones entre positivas y negativas. En vez, de tratarlas como un continuo positivo-negativo, en el que tanto unas emociones como otras tienen su importancia.

No es infrecuente pues, encontrarse con pacientes en la consulta que a pesar de pasar por circunstancias muy duras se sienten culpables por no manifestar el entusiasmo esperado. La pregunta que yo me haría sería ¿Si es realmente sano poner al mal tiempo buena cara en todo momento? Estas personas sufren por sentirse tristes o enfadadas y creen que estas emociones son inadecuadas. El temor que manifiestan es a sentirse diferentes por estar abatidas, como si una mala noticia, por ejemplo un despido en vez de hacernos sentir fatal, la tengamos que ver en todo momento, como una oportunidad o lo que es peor, una noticia de un diagnóstico como puede ser el cáncer, forzarnos a nosotros mismos, a ser optimistas todo el tiempo. De ello, nos podría hablar Bárbara Ehrenreich, bióloga y periodista norteamericana, quien sufrió un cáncer de mama y tuvo que enfrentarse a su dolor estando optimista todo el tiempo. Su libro Sonríe o muere” (2011) nos ilustra sobre este punto.

Pareciese que hemos pasado de reprimir emociones a poder expresar solamente una: la alegría.

“El pensamiento positivo y la idea de autoayuda parten de la peligrosa premisa de que tú eres el único responsable de tu condición y que, en cierta manera, todo lo que te ocurre o te deja de ocurrir es únicamente tu culpa” argumenta Juan Carlos Siurana (2019) profesor de ética de la Universidad de valencia. Y podemos añadir, siguiendo la ideología de la psicología positivista, que si no has logrado tus objetivos es porque no lo has deseado con todas tus fuerzas.

Apelar a un pensamiento mágico como si el desear algo generase de por sí una atracción tan potente en el universo que todos los astros se fuesen a alinear o conspirar para que tú obtengas tus deseos, es más bien, como subraya Lázarus (2003) una cuestión de fé, una creencia espiritual o religiosa en vez de un nuevo paradigma dentro de la psicología. Y decir además, que todo depende de nosotros mismos, como si fuese cuestión de voluntad es olvidar que las motivaciones inconscientes operan dentro de nuestro psiquismo.

Estamos al parecer, dentro de una sociedad que promueve constantemente, una actitud de huida hacia la negación del malestar. Recuerdo con nostalgia, el texto de Sigmund Freud (1930) sobre el Malestar en la Cultura. ¿Qué ha quedado de todo eso? Vivimos en un mundo en que sólo se escucha palabras del tipo, fortaleza, liderazgo, empoderamiento, resistencia, entre otras muchas. Me parece agotadora la lista.

En el marco de una cultura del ocio y de soluciones narcisistas en que si no disfrutas de la vida se debe seguramente a que algo has hecho mal, el pensamiento crítico y la reflexión tienen poca cabida. Es más se tiende a pensar que si leemos un libro de autoayuda ya no tenemos por qué acudir a terapia.

Cómo dice José Carlos Ruiz (2019) doctor en Filosofía, la gente en vez de construir su propio sentido de felicidad, tiende a exportar modelos de felicidad que son iguales para todos. “Nos han condenado a ser felices por obligación y lo que es peor por imitación. Así la felicidad se ha vuelto una tortura”.

La psicología positiva se ha insertado como ideología dominante en nuestra sociedad, lo encontramos en todas partes desde cursos de formación, talleres, revistas, libros de autoayuda, hasta en los directores de recursos humanos.

Slogans motivacionales del tipo “Sal de tu zona de confort. Sé la mejor versión de ti mismo. No te conformes con poco. Nunca pares hasta que lo bueno sea mejor, y lo mejor sea excelente. Y, hagas lo que hagas, no te olvides de ser feliz”.

Todas estas frases, nos invaden constantemente, evitando de manera neurótica o maniática las experiencias que se consideran desagradables. No vaya a ser que necesitemos después un coach para ser feliz.

La felicidad no es una habilidad que se ejercita como lo hacemos para tonificar los músculos en un gimnasio, tampoco es algo que se entrena o se aprende en un curso o se obtiene a partir de la lectura de un libro. La felicidad es un estado en el cuál intervienen muchas variables culturales e individuales. Recomiendo un documental llamado Happy (2011) que habla sobre las distintas maneras de ser feliz. Muy interesante.

Los que defienden a la psicología positiva hacen alarde de lo novedoso de su enfoque, sin embargo no hay nada nuevo realmente que antes no se ha haya dicho desde otras perspectivas psicológica, especialmente la humanista afirma Lázarus quien además critica la falta de concordancia sobre conceptos cruciales como son el bienestar y la felicidad que exponen sus creadores. Intentan asimismo enfrentar a la psicología tradicional con un modelo supuestamente más saludable, aportando un punto de vista alternativo centrado en el potencial y no en las deficiencias. Ya que sugieren que la psicología tradicional ha estado casi siempre centrada en el sufrimiento y en los aspectos patológicos del ser humano.

No más lejos de la realidad, ya que para trabajar con un paciente tenemos que contar con los recursos positivos que éste tiene para que pueda desde allí hacer frente a sus problemas y conflictivos.

Pero, ¿Cómo entendemos el crecimiento tan vertiginoso que ha tenido la psicología positiva en los últimos 10 años? Sorprende esta expansión en tan poco tiempo. ¿Hubiesen conseguido tal éxito sin utilizar un nombre propio o autodefinirse como nuevo paradigma de la psicología?

Estas son sólo algunas preguntas y cuestiones que nos debemos hacer para no perder la brújula. Estos eslóganes motivacionales empujan a las personas hacia determinados estándares de consumo y productividad.

A pesar de que la industria de la felicidad crece, nos encontramos cada vez más con pacientes que se bloquean por miedo a tomar decisiones y/o a fracasar o a no tener el optimismo y la felicidad adecuadas. Es más, el estado de salud mental de la población va empeorando y la depresión tiene altas tasas de incidencia, así como los suicidios que a nadie le gusta mencionar y que siguen siendo un tabú.

Lo cierto, es que no podemos controlarlo todo. No siempre tendremos éxito ni podremos salirnos con la nuestra. La rabia, la frustración, la envidia y los celos pertenecen a las experiencias humanas y justamente ellas nos humanizan. No podemos apartarlas porque de lo contrario nos desconectaríamos de nosotros mismos. La alegría no se entiende sin la tristeza. La película para niños Inside Out (2015) nos da un bello ejemplo de ello.

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