El mito de Narciso

Narciso y la fuente

Freud se inspiró en el mito de Narciso para hablar de ese amor grandioso dirigido hacia uno mismo.

Cuenta la historia que Narciso fue producto de una violación que cometió el dios fluvial Cefiso a la ninfa Liríope. Dato importante para entender el déficit narcisista con el cual nace Narciso ya que no fue un niño deseado.

El famoso adivino Tiresias le vaticinó un triste destino al revelar a su madre que Narciso podría vivir una larga vida feliz si no llegaba nunca a conocerse.

Es decir el narcisista vive feliz mientras no sea consciente de su déficit, así podrá desfilar por la vida sin preocupación pero en cuanto se de cuenta de su condición y de sus esfuerzos de compensación podrá caer en una amarga tristeza. De allí la relación entre narcisismo y melancolía.

El orgullo de Narciso le hará rechazar, con desprecio e indiferencia, a todos los que le aman. Una de las desdeñadas pedirá clemencia y castigo a los dioses. Némesis, diosa de la venganza se pone manos a la obra. Un día mientras Narciso cansado se inclina a beber agua de un lago, se enamora de su propia imagen e intentando alcanzarla, muere ahogado.

Un dato importante de esta historia es que Narciso muere en el lago donde confluían los ríos que llevaban el nombre de sus padres, lo que en psicoanálisis llamamos narcisismo parental.

Es decir muere preso de un ideal inalcanzable, producto de una imagen proyectada de sus padres sobre él. ¿Qué representan entonces esta fuente y estas aguas?. La relación de narciso con su imagen me hace pensar en lo que muchos padres ven en su hijo: sólo la encarnación de un ideal. Un ideal que puede ser de belleza, de prestigio o de poder que necesitan poseer para lograr la plenitud que anhelan. Idealizado de este modo, el niño quedará cautivo de esa imagen maravillosa que se refleja en los ojos de sus padres.

Freud (1914) escribía “Prevalece en los padres una compulsión de atribuir al niño toda clase de perfecciones (para las cuales un observador desapasionado no descubría motivo alguno) y a encubrir y olvidar sus defectos. Enfermedad, muerte, renuncia al goce no han de tener vigencia para el niño; las leyes de la naturaleza y de la sociedad han de cesar ante él y realmente debe ser de nuevo el centro y el núcleo de la creación “His majesty, the baby”, como alguna vez nos creímos, debe de cumplir los sueños, los irrealizados deseos de sus padres.”

Este deseo de omnipotencia infantil, no sólo es proyectado al bebé sino que nos convierte en esos padres ideales al cuidado de ese niño ideal. “His majestic the baby” nos habla del deseo de los padres en volver a ser el niño rey que resucita en nosotros con la llegada de un hijo.

El bebé aunque nace con un enorme capital afectivo, es en realidad un desconocido al cual se le concede de antemano una pertenencia familiar arraigada en las fantasías y deseos de sus padres. Las imágenes del pasado forman parte de las vivencias de los padres, y por consiguiente son aspectos de uno mismo que irán proyectando a lo largo de la relación con el niño.

Lo que se espera es que progresivamente el interés despertado por estas imágenes del pasado deje paso a una percepción más real de las características propias del niño cuyo reconocimiento implicará interés y afecto genuino.

Este amor ideal y relación idílica del inicio es necesario para el buen cuidado y para que se asienten las bases de un narcisismo sano y estructurante. Sin embargo, cuándo no podemos sustraernos del lugar de ideal narcisista en el que nos colocaron nuestros padres y procuramos completarlos y complacerlos, con aquello que ellos no tuvieron, quedamos prisioneros de un vínculo dependiente, endogámico que nos enajena y nos incapacita para poder amar, lo que en psicoanálisis llamamos narcisismo patológico.

Está claro que todas estas emociones y proyecciones en su mayoría son inconscientes tanto para los padres como para el niño. El niño importa aquello que recibe de sus padres en la infancia y lo hace suyo, lo interioriza. Luego, de adulto es responsable de cuestionar aquello que le fue impuesto y buscar su verdadero ser, ya que de lo contrario nos mantendríamos siempre como la sombra del deseo del otro.

Cuándo las proyecciones son masivas y tienen un carácter agresivo, no se toma en cuenta la individualidad y la distorsión de la realidad aparece en las interacciones entre padres e hijos.

Recuerdo el caso de un niño a quien su padre le había colocado todos los aspectos negativos que no soportaba reconocer en él mismo. Me lo trajo desesperado diciéndome que ya no sabía qué hacer con él y que me ocupara yo de alguna manera de su hijo. Cuándo le mencioné que parecía que su hijo estaba sufriendo, abrió los ojos como dos platos sorprendido. Parece que fue aquella la primera vez que pudo ponerse en el lugar de su hijo y así pudimos comenzar el tratamiento psicoterapéutico.

Otros niños llegan a la consulta por tener poca tolerancia a la frustración. Niños que se desesperan cuando algo no les sale bien a la primera. Niños que no se permiten equivocarse. ¿Por qué esa imagen les resultará tan insoportable? ¿Por qué no pueden quererse mientras lo intentan?. Son niños y también adultos, qué se agobian en el proceso y sólo desean alcanzar la meta como por arte de magia y sin esfuerzo.

Los pacientes adultos también llegan con quejas y con muchos dolores. Algunos se sienten decepcionados de sí mismos y se sienten un fracaso. Están muy enfadados y se tratan cruelmente. ¿Desde qué lugar se miran estos pacientes? ¿Por qué se critican y juzgan sádicamente? Muchos de ellos, no muestran ni un atisbo de amor ni de cariño para sí mismos, parece como si se hubiesen arrancado su “Yo”, quedando completamente empobrecidos a merced de un ideal que los paraliza en vez de hacerlos avanzar. Nada es suficiente, nada es digno de amor.

Otros pacientes, llegan a la consulta desmotivados, toda su vida la han entregado al esfuerzo y al trabajo, son personas con altos niveles de exigencia y rendimiento que han vivido cumpliendo las expectativas pero están deprimidos, sienten que sus vidas no tienen sentido, dicen sentirse vacíos, han hecho todo lo que “supuestamente se tiene que hacer”, y se dan cuenta en un momento que no hay nada auténtico ni genuino en ellos. Tal vez ese malestar sea la oportunidad para poder elegir por primera vez de verdad.

Sin embargo, creo que los pacientes más difíciles encuentran en el fracaso mismo, una salida para reafirmarse y sentirse ellos mismos, ya que toda su vida han sido fieles a los mandatos paternos. Estos casos son delicados debido al alto grado de agresividad que dirigen contra sí mismos y que pueden terminar en conductas muy autodestructivas.

Termino esta reflexión citando otra frase de Freud que decía “Es necesario amar para no enfermar”, pero creo que para amar es necesario haber sido amado y reconocido como sujeto diferenciado, separado y valorado. Todo lo demás si no es así, lleva al resentimiento y al remordimiento.

La idealización, la culpa y la agresividad están en la base de estos dos sentimientos claves, el resentimiento y el remordimiento. Si albergamos en nuestro interior esos sentimientos, el pasado no pasa, el tiempo se detiene y solo nos queda la desesperanzadora compulsión a la repetición. Una repetición constante de lo mismo que produce un estancamiento debido a que no se concibe una salida. Desde allí, no existe un pensamiento a futuro y el pasado domina nuestro estado anímico. Cada uno de nosotros sabe cuánto de eso tenemos en nuestro fuero interno.

Cómo decía Luis Kancyper (1991) Sólo el trabajo de elaboración del resentimiento y del remordimiento puede dar lugar a una resolución de nuestras heridas narcisistas y pasar así de una memoria del rencor a una memoria del dolor y del perdón.

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