los perros ladran pero la caravana avanza

Los perros ladran, pero la caravana avanza.

En un breve encuentro en Sicilia entre André Gide, anciano ya, y Truman Capote, el francés haría esta observación al americano quien se encontraba hostigado por las críticas “Bah. Recuerde el viejo proverbio árabe: Los perros ladran pero la caravana avanza.”

Esta romántica moraleja se aplica fenomenal al caso del Psicoanálisis o mejor dicho al caso Freud, porque «tal vez esté muerto, pero sus críticos todavía muerden», tal y como sostenía D. Smith en su artículo de 1995 en el que además lanzaba: «La incesante reacción brutal contra Freud confirma la fuerza de sus teorías».

Pero aunque la caravana avance me parece importante tratar esta cuestión de las críticas más comunes que suele recibir el psicoanálisis. Para llegar a descubrir que tal vez el objetivo más profundo de tal hostigamiento, su objetivo consciente o inconsciente, va más allá del propio psicoanálisis.

Me voy a servir como guía del artículo de J. M. Mulet “Analizando (científicamente) a Freud”, que hace un par de semanas me enviaba mi hermana. A la que contesté con un: «¡Gracias. Una doble página dedicada a Freud en EL País Semanal!». Pero me había hecho ilusiones, sí, y la desilusión llegó rápido. Pues el científicamente (incluido entre paréntesis) en el título me puso sobre la pista de la dirección del texto que iba a leer. Seguramente un mordisco más, dirigido a deslegitimar el psicoanálisis y cuestionar su derecho a formar parte de la comunidad científica.

Y es que la propuesta de “analizar” pero “científicamente” a Freud, es ya de entrada problemática y me plantea la siguiente objeción: ¿Porqué científicamente? ¿Porqué no ser mínimamente fieles al neurólogo vienés y analizarle con el método psicoanalítico que constituye la esencia de la revolución que el autor acababa de ensalzar en el primer párrafo del artículo?

Pero por suerte ese trabajo ya está hecho. Y aunque J. M. Mulet lo desconozca, sí existen lecturas críticas de la obra de Freud llevadas a cabo por psicoanalistas y a la luz o con la lupa del método psicoanalítico. Trabajos que son por supuesto muy necesarios y que han supuesto un cuestionamiento de teorías clásicas como, por ejemplo, la del Edipo. Y que han dejado al psicoanálisis mejor colocado para el dialogo con otras disciplinas. La obra del psicoanalista francés Jean Laplanche sería el mejor ejemplo de este trabajo de análisis histórico-crítico de la obra de Freud, aplicando el método psicoanalítico al texto y a las teorías en él contenidas, analizándolas y cuestionándolas llegado el caso.

Sin embargo cuando J. M. Mulet sostiene – “El primer problema que encontramos en la obra del fundador del psicoanálisis es que su trabajo no se guiaba por el método científico, según el cual las hipótesis se confirman o se descartan en base a la experimentación.” – parece querer desconocer el hecho de que en la época en que Freud investigaba, finales del siglo XIX, las ciencias de su época no disponían de las herramientas conceptuales o técnicas necesarias para aportar nuevos conocimientos e hipótesis sobre el funcionamiento de la mente humana. Como consecuencia, Freud inventó un nuevo método, el método psicoanalítico o psicoanálisis. Desbordando así la ciencia de su época y con el que avanzó por un terreno espinoso por el que no era posible seguir avanzando con los métodos disponibles por la neurociencia de entonces.

En este sentido sería importante poder reconocer que el psicoanálisis freudiano inaugura ante todo un método, más precisamente un nuevo método de investigación. Pero además, que cuando este método es aplicado correctamente, permite acceder a contenidos del pensamiento que el paciente normalmente no llega a representarse conscientemente. Y que el acceso a esos contenidos también permite reconocer que dichos pensamientos inconscientes responden a leyes de funcionamiento diferentes y que están sometidos a un tratamiento, a una distribución en la mente que resulta de una dinámica particular, tal y como explica el psicoanalista Dominique Scarfone en Después de Freud.

Así lo expresa también el neurocientífico V. S. Ramachandran cuando explicaba lo que para él simboliza el psicoanálisis, “usted puede buscar las leyes de la vida mental de la misma manera que un cardiólogo puede estudiar el corazón o un astrónomo estudio movimiento planetario” (1998).

Afirmación que contrastaría con otro argumento habitual que también se exponía en este artículo. A saber que, si bien la aportación del psicoanálisis al arte o la literatura del siglo XX es incontestable – “su aportación real a la ciencia, a la psicología o a la neurobiología es más controvertida.”

Esta tesis que hace oídos sordos o niega el vivo debate iniciado hace más de 20 años, por supuesto no exento de polémica, entre neurocientíficos y psicoanalistas. Polémico pero vivo y fructífero debate que parte principalmente del reconocimiento de los aportes de Freud al conocimiento de la mente humana.

Sin embargo, no se cita en ese artículo ni una palabra del neuropsicoanálisis que es la disciplina en la que se han concretado estas colaboraciones y que fue fundada por Mark Solms en 1999, coincidiendo con los grandes progresos que la neurociencia había alcanzado en las ultimas décadas. Una especialidad que, como digo, surge de la fascinación con la que figuras de la neurociencia contemporánea estudiaron y trabajaron las teorías del psicoanálisis allá por los años 70. Entre los que se encontraban, por ejemplo, el premio nobel Eric Kandel, quien encuentra que “el psicoanálisis representa todavía la visión de la mente más coherente e intelectualmente satisfactoria” (1999).

Pero abordemos ahora el que tal vez sea el más polémico reproche al psicoanálisis, y que se expone al final del texto que me está sirviendo de guía. Y que se sostiene en la idea de que el psicoanálisis “ha supuesto un retraso de décadas en la investigación del cerebro y en el desarrollo de fármacos o tratamientos que pueden ser más útiles que interminables sesiones de terapia.”  Esta crítica es interesante porque podemos rastrearla ya desde los años 50 con la aparición de los psicofármacos que constituyen el tratamiento base de la psiquiatría actual, aunque no siempre fue así.

En esta misma dirección se expresaba el periodista Tom Wolfe en su artículo de 1996, Sorry, but your soul just died, donde explicaba que “la desaparición del freudismo puede resumirse en una sola palabra: litio”. El autor americano describía en su artículo cómo a finales de la década de 1940, después de años de ineficacia psicoanalítica, el alivio físico rápido para los enfermos de desorden bipolar llegó en forma de píldora. Un ejemplo microscópico más de un estado de asuntos mucho más amplio, como señala M M Owen en su artículo, Freud in the Scanner, y en el que tratando el caso Freud desde una óptica más macroscópica se pregunta por qué lugar podrá ocupar el psicoanálisis en medio de la deriva fisicalista que ha emprendido la ciencia en la actualidad.

No hay que poner en duda el alivio que supuso la aparición de la psicofarmacología, de hecho pude acercarme a esos años de la aparición del litio y a esos pacientes al descubrir el brillante testimonio de la psicóloga y escritora americana Kay Redfield Jamison, su libro “Una mente inquieta”. Sin embargo creo que alcanzaremos una más esclarecedora y completa una visión de la mente humana a través de la búsqueda de la integración de puntos de vista, métodos y disciplinas.

Eric Kandel comentaba así su encuentro con esta obra: “Recuerdo la obsesionante exposición de Kay Jamison sobre su propia enfermedad maníaco depresiva y su eficaz respuesta a la combinación de litio y psicoterapia.” y extraía el siguiente párrafo:

«En este momento de mi existencia, no puedo imaginar llevar una vida normal sin tomar litio y obtener los beneficios de la psicoterapia al mismo tiempo. El litio evita mis seductores, aunque desastrosos ataques, disminuye mis depresiones, me quita la venda de los ojos y el enredo de mi desordenado pensamiento, me frena, me suaviza, evita que arruine mi carrera y relaciones, me mantiene alejada de ingresar en un hospital, viva, y hace posible la psicoterapia. Aunque, de forma inefable, la psicoterapia cura. Me hace darme cuenta de la confusión, gobierna los pensamientos y sentimientos aterradores, me devuelve cierto control y esperanza, y la posibilidad de aprender de todo ello. Las píldoras no pueden, no, devolverle a uno a la realidad; sólo te devuelven precipitación e inclinación y más rápido de lo que puede soportarse en ocasiones. La psicoterapia es un santuario; es el campo de batalla; es el lugar donde he sido psicótica, neurótica, engreída, confundida y desesperada más allá de lo que creía. Aunque, siempre, es donde he creído o había aprendido a creer, que podría ser capaz de enfrentarme a todo esto.
Ninguna pastilla puede ayudarme a tratar el problema de no querer tomar píldoras; asimismo, la psicoterapia aislada, aunque sea en grandes cantidades, no puede evitar mis manías y depresiones, Necesito ambas. Es una cosa extraña, deber la vida a las pastillas, a las argucias y tenacidades de uno mismo y a esta única, extraña y finalmente profunda relación denominada psicoterapia.»

El neuropsicoanálisis es en este sentido una disciplina para el optimismo pues sostiene a mi entender un espíritu integrador y de respeto hacia diferentes métodos de investigación que se adaptan a los diversos objetos de estudio que queramos abarcar ya que no es lo mismo estudiar el inconsciente que estudiar el cerebro.

Dejo para los investigadores en literatura el análisis de los motivos que sostendrían las críticas que hostigaban a Truman Capote aunque seguramente ese trabajo también ya esté hecho por más que yo lo desconozca. Lo que no desconozco es que la caravana de Truman Capote también sigue avanzando como hemos podido comprobar estos días en los artículos con motivo de la muerte del otro periodista, Tom Wolfe.

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