Encuentro con Beatriz Janin.

“The painter” Marlene Dumas 1994

TATUAJES; CORTES Y ESCARIFICACIONES

El pasado sábado 28 de febrero, bajo el título Dialogo Clínico Sobre el Cuerpo en la Psicopatología Infantil y Juvenil, tuvo lugar un interesantísimo encuentro con Beatriz Janin, experimentada psicoanalista de niños y adolescentes, así como  docente de la Universidad de Buenos Aires.

El encuentro fue posible gracias al esfuerzo común de tres instituciones afines, como son la Asociación Psicoanalítica de Madrid (APM), la Escuela de Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes (AECPNA) y el Instituto de Estudios Psicosomáticos y Psicoterapia Médica (IEPPM)

Janin introdujo rápidamente el tema central de su exposición. El sufrimiento psíquico de los niños y adolescentes como individuos sujetos a cambios continuos y constantes, multideterminados por la familia, el entorno y su propia individualidad, sin contar con un aparato psíquico constituido, capaz de dar sentido y respuesta a los fuertes y urgentes estímulos que provienen del exterior y a las pulsiones procedentes del interior.

A partir de aquí se desplegaron las distintas explicaciones que proponía la conferenciante.

En primer lugar, el papel fundamental de articular la historia individual, familiar y social del bebé, niño y adolescente para pensar la psicopatología. Rechazando de plano la posibilidad de establecer diagnósticos, por considerar tanto el DSMV como la CIE10 un catalogo de síntomas, considerando al ser humano como una máquina y perdiendo toda subjetividad  diagnóstica. Para hacer una aproximación diagnóstica fiable, ha de ponerse especial énfasis en los puntos de conflicto de cada individuo, las defensas y las pulsiones predominantes. Esto lleva mucho tiempo y no permite diagnosticar a niños por solo una o dos entrevistas diagnósticas, que en muchas ocasiones solo se llevan a cabo con los padres. Entre otras cosas, porque todo esto es cambiante y transitorio.

El CUERPO en la constitución subjetiva se constituye como el receptor de las pulsiones de auto conservación, sensaciones y diferencias entre lo placentero y displacentero. El bebé, es más que un cuerpo, que adquiere filiación, sentido y ligazón a través de los cuidados y atenciones maternos (función materna)  por medio de los cuidados y caricias. Cada sujeto ha sido erotizado de una forma particular, es decir, cada uno de nosotros nos constituimos con un mapa erotizado. Esto enlazará con lo que más adelante señaló la ponente, al modo de los Pictogramas de P. Aulagnier.

Por el contrario, la erotización sin ternura, deriva en excitación electrificada. Como dice Beatriz Janin, siguiendo a D. Winnicott, “el niño se refleja en los ojos de la madre” para arar el camino de los deseos, tiene que haber erotización ligada por la TERNURA. Así entra en juego el yo del sujeto como organizador psíquico, estableciendo un dialogo entre el  bebé, que dirige sus demandas internas desorganizadas hacia el otro (madre) que se las devuelve debidamente metabolizadas en sus caricias, cuidados, miradas y atenciones. De este modo, la madre ayuda al bebé a organizar sus exigencias internas.

LAS SENSACIONES muestran como los primitivos registros del cuerpo, descubren los límites corporales, como sujeto. Marcan el paso de la sensación a la percepción a través de la mirada del otro. El niño es visto como un todo completo, organizado. El trabajo de la ligazón erotizada de la madre ordena las zonas erógenas dispersas. Primero la boca, luego las manos y así se va articulando una imagen propia de sí en el niño, dando forma a la propia constitución subjetiva.

EL MOVIMIENTO surge una vez adquirida la unificación de sí mismo. Caminar y coger remite a la pulsión de dominio. De la pasividad a la actividad. Es el periodo en el que se empiezan a integrar las normas, que no se integran del  mismo modo en las distintas etapas del desarrollo. Ya Freud hablaba de que uno de los primeros accesos al pensamiento, se da en el Pensamiento-Acción Cinético. Beatriz Janin contrapone esta idea al concepto tan extendido actualmente de nominar como TDH a los niños que se mueven en exceso, sin prestar atención a la angustia, desamparo y búsqueda de protección que puede tener un niño que se mueve sin rumbo.

PATOLOGÍA PSICOSOMÁTICA. El cuerpo enfermo  de un bebé como uno de los primeros modos de expresar su padecer; estas somatizaciones tempranas en niños muy pequeñitos, suelen preceder a otras patologías, vinculándose a la dificultad de articular el soma y la psique a través de los afectos. Queda claro una vez más que aquello que no se puede representar se torna en daño somático; las dificultades para registrar el afecto aumentan la dificultad de simbolización. Para hacer un buen desarrollo psíquico, todo sujeto debe registrar el afecto y transformarlo en sentimiento. Tener conciencia de uno mismo. Para que esto se pueda dar así, es imprescindible contar con la Empatía materna.

Si el  bebé, no encuentra en la madre un interlocutor válido para llevar a cabo este arduo trabajo de traducción, transformación y metabolización de las demandas internas y externas,  volcará sobre su propio cuerpo la descodificación, aumentando el peso de la somatización, el cuerpo queda encriptado como sustituto de un interlocutor válido. Esto se puede observar en aquellos casos en los que la ausencia de empatía materna genera una intoxicación pulsional del adulto hacia el niño, vomitando hacia el él todo aquello que le pasa al adulto sin ningún filtro empático ni ligado, llegando a bloquear el desarrollo psíquico del niño, que queda anegado y fijado al cuerpo.

ADOLESCENCIA. Se presenta nuevamente como un campo de emergencia corporal, representación de un cuerpo nuevo, pulsional, cambiando la representación de sí mismo alcanzada en la infancia, a la que hay que añadir la presencia de los temores incestuosos. Aquí nos encontramos con diferentes modos de apropiación de un cuerpo nuevo.

Frente al niño, que ama a aquel de quien depende, el adolescente inicia un difícil viaje odiando a aquel de quien depende. Por otra parte los padres del adolescente deben mantener esta difícil situación, manteniendo los límites, diferenciación y cariño. Así, la adolescencia se presenta como un periodo de vital importancia, la salida al mundo. En este punto, B. Janin trazó una excelente metáfora entre los padres de un adolescente y un puerto marítimo, en el que al igual que el muelle, los padres deben permanecer como lugar de anclaje para los hijos, mientras van y vienen de sus procelosas travesías. Nuevamente en la adolescencia vuelven a tomar protagonismo los pictogramas de rechazo y fusión, en cuanto a la apertura, vida apasionada, adicciones o reclusión. Para todo adolescente, desear remite a lo incestuoso y también a quedar a merced del otro, aquel al que se desea. En ocasiones esto se hace insoportable.

LA IMAGEN como valor fundamental, la mirada de los otros, el grupo de pares, tiene un valor absoluto. La lógica del niño es distinta a la lógica del adolescente y la de éste distinta a su vez a la del adulto. Desde la omnipotencia adolescente, el grupo de PARES hace de mediador entre la familia (de lo que se sale) y el mundo (aquello hacia lo que se va).

En este punto aparece una aportación relevante vinculada a la imagen que nos trajo Janin. Es la relación dispar que presentan los tatuajes, los cortes (más común en mujeres, de forma evacuativa) y las escarificaciones  (más propias de los varones, a modo de un falso heroísmo) que hoy en día adquieren relevancia en la psicopatología del adolescente íntimamente unido al daño corporal a lo simbólico y omnipotencia.

Dentro del funcionamiento autodestructivo, la anorexia, vista como el deseo de no desear, de odiarse a sí mismo por desear; en definitiva, rechazo de todo deseo por no depender del otro. Demostrar y demostrarse que se puede prescindir del otro, anulando la necesidad misma. Todo adolescente presenta dificultades para discriminar entre las demandas y exigencias internas y externas. Para eso es importante adquirir una buena representación subjetiva de uno mismo, que permita pasar del cuerpo a la palabra, de la omnipotencia infantil al arduo desarrollo de los adultos. Luchar por los proyectos, como el mejor predictor de salud, como la búsqueda por aprender, conocer, descubrir… Transitar el complejo camino que va del yo ideal, al ideal del yo.

Un cuerpo que habla, que grita incluso, afirma Janin, es un cuerpo que posibilita y da cabida a un mundo simbólico de fantasía, que pone palabras y despliega afectos. Así se pueden tramitar las exigencias internas (pulsionales) y externas.

Este es un proceso en continuo estado de transformación, nos recuerda finalmente B. Janin, al que no solo está convocado el propio sujeto, sino que también incluye a la familia, su historia y la sociedad en la que vive.