Cómo hablar de la muerte a los niños y porqué

Por: Lorenza Escardó

Los niños empiezan pronto, alrededor de los tres años, a interrogarse por los principales problemas de la vida y uno de ellos, claro está, es la muerte. Por otra parte la ven con frecuencia y más allá de la televisión o los informativos, también mueren personas que ellos conocieron, que quisieron, incluso otros niños. Pueden comunicarse de forma directa, ¿dónde está la abuelita? o mediante preguntas indirectas, ¿morirás vieja?.

En ambos casos lo importante es responder a los niños cuando nos preguntan sobre la muerte y no echar un velo de silencio sobre el tema. Contestar a sus preguntas les ayudará a sentirse seguros. Los niños no preguntan con angustia sobre los enigmas de la vida, pero un silencio sí podría desanimarle a preguntar en el futuro y causarle una mayor preocupación, soledad y angustia. Hay que ayudar a los niños a superar el enigma que supone también para nosotros los adultos, tanto la vida como la muerte.

No hay una explicación única o completa para la muerte y aunque se trate de la única certeza en nuestras vidas, el proceso de su aceptación no se lleva a cabo de una vez y para siempre, a menudo dura toda la vida. Cuando hablemos de la muerte a un niño se puede tratar de definir la muerte por la vida, pues la muerte, al fin y al cabo, forma parte de la vida cotidiana, moriremos cuando hayamos terminado de vivir. Nuestras explicaciones o los intentos imperfectos que logremos de dar ante sus preguntas, van a evitar que se instalen en ellos peligrosos continentes negros.

Sin embargo, con frecuencia se miente a los niños sobre este tema, se les habla de un viaje a un lugar lejano…, la situación de este modo se volverá insostenible.

En ocasiones llegan a consulta padres preocupados por un súbito deterioro en el rendimiento escolar de su hijo o porque de pronto encuentran a su hija triste. Cuando empezamos a trabajar muchas veces encontramos que ese cambio brusco coincide con la muerte de un ser querido, un abuelo, persona de la que ya nadie habla. En realidad habría que haberle hablado de esa muerte y poderle explicar que esa persona no muere mientras haya personas que piensen y se acuerden de ella.

Es importante saber que si muere algún ser querido, un miembro de la familia, nunca hay que ocultar la noticia de esa muerte. Los niños enseguida perciben los cambios en la expresión de la cara de los adultos y lo grave sería que el niño no se atreva a hacer una pregunta si está inquieto por la ausencia de ese ser querido. Por otro lado no decírselo sería excluirlo de la comunidad de seres parlantes. De la muerte de animales domésticos que pueden llegar a ser parte de la familia, hablaremos en otra ocasión, pues la muerte de un animal también puede ser muy importante para un niño.

Cuando tenemos que enfrentar una situación difícil con un niño, en general tenemos la tendencia a buscar la solución en lo que nuestros padres hicieron con nosotros o en lo contrario. Pero es esencial comprender que esconder o silenciar un acontecimiento, por triste que sea, en lugar de ayudar a nuestro hijo protegiéndole de un sufrimiento inútil, va a producir en él un doble efecto negativo; en primer lugar impide que podamos ayudar al pequeño a poner en palabras los sentimientos que puedan provocar en él esa pérdida, y en segundo lugar este silencio puede hacerle sentir que los adultos no están disponibles y desanimarle a preguntar. Es fundamental que los niños tengan confianza y pregunten.

Por otro lado, tampoco es prudente dar a los niños información que posiblemente no entiendan o no quieran saber. Al igual que con cualquier asunto delicado, tenemos que encontrar un equilibrio sutil que anime a los niños a comunicarse. Un equilibrio entre silenciar y confrontar, que no es fácil lograr.

Pero en estos casos, quizás, lo más difícil es el hecho de que hablar de la muerte a los niños implica examinar nuestros propios sentimientos para poder hablar con ellos cuando se presente la ocasión. Y resulta doloroso aceptar que cuando un ser querido muere, perdemos una parte de nuestra vida que ya no volveremos a recuperar. Perdemos algo que era bueno y agradable, la relación con esa persona que ahora se ha roto.

Alguno de ustedes seguirá pensando aún ¿no sería cruel enfrentar a un niño con esta realidad?

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