El Espacio Potencial y la capacidad para jugar

El Espacio Potencial y la Capacidad para Jugar

 

El espacio potencial es un término utilizado por Donald Winnicott (1896 – 1971) para referirse a una zona intermedia de experimentación que se encuentra entre la fantasía y la realidad. El espacio potencial no está ni dentro ni completamente fuera del sujeto sino justamente en el espacio transicional, en un espacio potencial donde es posible el juego y la creatividad.

Para poder entender a qué me refiero cuando hablo de espacio potencial expondré un ejemplo del libro de Thomas H. Ogden, La matriz de la mente (1992) para que quede más claro. Se trata de un niño de 2 años y medio quien sufrió un susto en la bañera al sumergirle la madre su cabeza bajo el agua mientras le bañaba. El pequeño se resistía fuertemente a entrar nuevamente en la bañera hasta que por fin un día acepta que le metieran dentro pero aferrándose fuertemente al cuerpo de la madre. Con el cuerpo tenso, no dejaba de mirar a la madre.

Su madre comenzó a intentar que el pequeño se interesara por algunos juguetes del baño pero él no demostró el más mínimo interés hasta que ella le dijo qué le gustaría tomarse un té. En este punto, la tensión que había sido evidente dio paso a un nuevo estado físico y psicológico. Cogió una botella de champú vacía que la usó como leche para el té y la tensión de su voz pasó de ser una súplica del tipo “Mi no guta el baño, mi no gusta el baño” a hacer comentarios de otro tipo como “El té no está caliente, ahora está bien, té rico”. La madre le pide un poco de té y el pequeño le sirve más. Luego en el momento que la madre se va para coger una toalla, el niño termina el juego de forma abrupta, y vuelve a todas las señales de ansiedad que habían precedido al juego, inmediatamente la madre vuelve a tranquilizar al niño, lo coge de los brazos para que se sienta seguro y le pide más té, el niño responde que sí y continua el juego.

En este ejemplo, podemos observar cómo la madre y el niño han generado un estado mental en el que se produce una transformación en la que el agua pasó de ser peligrosa a transformarse en un medio plástico, descubierto y creado por el niño con significados que se pueden comunicar. (Ogden,1992)

El establecimiento de la subjetividad es un logro en el desarrollo, a partir de aquí los seres humanos podemos ingresar al mundo de las experiencias culturales, al mundo de la simbolización, al mundo de los sueños, al espacio analítico y al área del juego y la creatividad.

En sus orígenes, si la madre se adapta suficientemente bien a las necesidades del bebé, se dan las condiciones para una breve experiencia de omnipotencia y de ilusión. Esta experiencia le permitirá al niño sobrellevar la realidad y gradualmente gracias al proceso de desilusión y frustración en pequeñas dosis, reconocerla y tolerarla. Cuándo la adaptación es adecuada, se produce en el bebé la ilusión de que la realidad corresponde a su capacidad creadora. (Winnicott, 1958)

Cuando falla esta capacidad de simbolización aparecen varias formas de psicopatología. Una posibilidad es el replegamiento. La ausencia materna vivida como pérdida del objeto único que suministraba todo da origen a una fantasía en que tanto el reencuentro como el reemplazo son impensables. El duelo se instala para siempre. Sin ilusión, entonces, una alternativa será vivir refugiado en el mundo interno, en un estado de ensoñación y aislamiento.

La otra posibilidad es el aferramiento patológico a un único objeto que sustituye a la madre. Aquí veremos múltiples consecuencias, las adicciones, ciertas formas de consumismo, el talismán de los rituales obsesivos, una búsqueda de satisfacción directa sin posibilidad de sublimar, la imposibilidad de poder estar a solas y de poder pensar y el objeto fetichizado, donde no hay proceso de simbolización. El cambio es de un objeto único a otro objeto único, no para elaborar la pérdida sino para negarla.

Cuándo nos encontramos con pacientes con déficit en su capacidad para simbolizar tendremos que construir junto con ellos esos puentes, ese espacio potencial y mental para que comiencen a imaginar y a soñar. Tanto niños como adultos pueden presentar estas dificultades. Hay niños incapaces de jugar y adultos incapaces de representarse cosas diferentes a la cosa en sí misma.

Otro ejemplo podría ser el de una paciente que al ver un maniquí piensa que son personas vivas. Para esta paciente no existe el concepto de que los maniquíes “parecen vivos”, más bien están vivos o están muertos. Una cosa no representa a la otra. Las cosas son lo que son, con el consecuente empobrecimiento del mundo interior.

Cómo señala Ogden (1992) pueden haber al menos dos posibilidades cuándo la realidad queda subsumida por la fantasía o cuándo la realidad actúa como defensa contra la fantasía.

En el primer caso puede el paciente actuar como si sus sentimientos fuese hechos sobre los que hay que actuar y no respuestas emocionales que deben entenderse discriminándolos con la de otras personas.

Ogden lo ilustra dando este ejemplo. Una paciente acusa al terapeuta que prefiere a la paciente anterior por haberse quedado tres minutos más con ella, sin dudarlo ni por un minuto, lo toma como un hecho imperativo.

Otro caso, sería cuándo nos cogemos de la realidad para defendernos de nuestros propios sentimientos o mundo interior. Cuenta el caso de unos padres que estaban preocupados por su hijo de 7 años que ante un espectáculo de marionetas comentaba sólo el hecho que eran unas figuras de madera y que colgaban de unas cuerdas. Aunque la percepción del niño era correcta, la poderosa toma de conciencia de la realidad impedía la interacción entre la fantasía y la realidad que genera la posibilidad de la imaginación.

Lo que da justamente sentido al juego y al entendimiento de la vida es la posibilidad de representar y reemplazar un objeto desplegando un cadena de significados, en el que una capa forma el contexto por el que las demás capas adquieren significación. Por ejemplo, el pasado, el presente, los sueños y las experiencias de transformación, cada uno proporciona un contexto para la comprensión de los demás y es comprensible sólo en relación con los otros. (0gden, 1992)

Para Winnicott la creatividad es inherente al hecho de vivir, y no una cualidad exclusiva de unos pocos. Lo original es el gesto creador. Aquello que no queda sujeto a adaptaciones ni formalizaciones. Clínicamente, observamos que sólo la oportunidad de funcionar creativamente brinda al individuo el sentimiento de estar vivo. Cuándo este impulso no existe o se ha perdido, surgen el vacío y la sensación de que la vida no tiene sentido.

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