Juan Francisco Rodriguez

El Dr. D. Juan Francisco Rodríguez, es médico y psicoanalista titular de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, de la que ha sido su presidente entre 1984 y 1985.  Actualmente desempeña su actividad clínica en consulta privada e imparte seminarios, cursos de formación y conferencias.

¿Cuál fue su vía regia de acceso al psicoanálisis?

Es un poco largo…  Pero me parece importante cómo fue ese proceso para mí. Estudié medicina e hice una buena carrera como futuro médico. En los últimos cursos tuve una serie de ambivalencias, tenía una tendencia hacia las humanidades y la literatura. En cuarto de carrera apareció mi ídolo Don Gregorio Marañón. Hoy en día ya se sabe poco de él, pero en  aquel momento era una eminencia de la medicina interna y la endocrinología, pero  sobre todo era el clásico médico humanista, un investigador en el más amplio sentido de la palabra. Capaz de escribir una biografía del Conde-Duque de Olivares o sobre Antonio Pérez, era miembro de todas las academias. Estoy hablando del comienzo de los años cincuenta, en donde todavía había una cierta tradición de aquellos médicos humanistas, que ahora me parece que se ha perdido en España en general.

Así que entré en el Instituto de Patología Médica que él dirigía, en lo que ahora es el Museo  Reina Sofía. Ahí, al servicio de Marañón trabajaba gente muy importante que incluso se había exiliado y que Marañón consiguió rescatar. Pero en la sala en la que yo estaba con veintidós camas para mujeres me di  cuenta de que la mayoría de mis compañeros  no sabía qué les pasaba, y estaban diagnosticadas de distonía neurovegetativa y cosas así. Aquello me llamó mucho la atención, que un equipo con personas tan representativas y figuras, no fueran capaces de diagnosticar mejor. Eso ya me empezó a inquietar respecto a la medicina clásica. Entonces me encontré con Rof Carballo, que trajo la medicina psicosomática, ya que se había formado en Alemania y ahí tuvo contacto con el psicoanálisis. Entonces empecé a leer sus libros y al tiempo, tomé contacto con González Morado, que trabajaba como ayudante de Rof y  me uní a su departamento. No recuerdo quien de los dos me habló de que había llegado un psicoanalista de Buenos Aires a Madrid. Hasta ese momento para mi Freud era como una curiosidad sin importancia y fue una gran sorpresa descubrir a Jaime Tomás, que era el psicoanalista que había enviado Ángel Garma de Buenos Aires. Jaime era un español, exiliado, hijo de un alcalde republicano, que había estudiado medicina en México y que luego se formó en Buenos Aires. Así que cuando vino a España, animado por Rof y Morado, comencé un análisis con él.

Por aquél entonces empecé a elaborar un plan para ir a Londres a continuar mi formación, aunque no sabía inglés. Entonces, Jaime me sugirió la posibilidad de ir a Buenos Aires, que era más fácil, entre otras cosas por el idioma. Me parecía una locura y además, en aquella época no iba nadie a Argentina. Lo fui pensando, entré en contacto con Garma y finalmente me decidí a ir. En barco, con un pasaporte por seis meses. Allí me analicé con Elisabeth Goode e hice toda la formación. De seis meses, pase a estar más de 7 años. En ese tiempo no mantuve casi contacto con la gente que quedó en Madrid. Únicamente con Luis Feduchi, que se fue a Barcelona, y con Leguina de Madrid. Incluso Jaime Tomás también volvió por un tiempo a Buenos Aires

En el 67 presenté mi trabajo como miembro de la sociedad argentina y, aunque me casé allí, decidimos volver.

Al llegar a España, ya estaba en marcha la Sociedad Luso-Española, que luego se convertiría en las  Sociedades Portuguesa, Española (con sede en Barcelona) y la de Madrid. Había tenido contacto con Bofill y Folch, de Barcelona, desde Buenos Aires.

¿En qué situación se encontraba la situación del psicoanálisis en España?

Llegué en el 72, después de haber estado en total doce años en Buenos Aires. Era un grupo muy interesante con Carolina Zamora, María Teresa Ruiz, Jesusa Pertejo, Morado y Rallo. Carolina ejercía cierta dominancia del psicoanálisis francés, pero les faltaba cuajar. También había cierta dominación por parte de Barcelona. Los catalanes incorporaron a Salomon Resnick, así que Bofill y Folch introdujeron el pensamiento kleiniano que luego dominaría por mucho tiempo en la Sociedad de Barcelona.

En Madrid había mucha más influencia francesa, e incluso de Ginebra a través de Rallo. En fin, era la época en que se estaba segregando el grupo que finalmente daría lugar a las dos sociedades que tenemos actualmente en España, como decíamos antes, la de Barcelona y la de Madrid.

 

¿Qué balance hace de su experiencia como paciente… y como analista?

Como paciente, yo tuve una experiencia  con Jaime Tomás inicialmente aquí en Madrid. Fue magnífica, un punto de apoyo importante aunque él no era didacta por la Asociación de Buenos Aires en aquel entonces. Al llegar a Argentina, tuve que buscar otra persona didacta, que fue la inglesa Elisabeth Goode, la segunda mujer de Garma. Cuando terminé la formación, después de siete años, presenté el trabajo y, después del análisis oficial, hice una última experiencia analítica con Alberto Campo, con el que elaboré mi vuelta a España. Me pasó lo mismo que con Jaime Tomás: cuando le planteé que me volvía a España, él también se venía para acá. Era algo de inconsciente a inconsciente, él tenía el pasaje para venir a España para junio y yo había planeado mi viaje para esa misma fecha en barco. Con un año de anticipación compramos el billete de regreso a España. Aunque finalmente se postergó nuestro viaje por motivos personales y vinimos unos meses después.

Como analista, una de las cosas buenas que he tenido es que nunca me he afiliado a ningún “partido”, he mantenido una cierta distancia y reserva frente a las distintas escuelas, salvo algunas que me han conquistado a mí. En una ocasión me contó un compañero que en una discusión entre candidatos se comentaba que Juan Francisco era “Juan Francisquiano” y creo que tiene cierta razón. Sé que es un tema que ha ofendido en alguna ocasión a gente de la asociación y que es un tema que he trabajado mucho, la identidad analítica, y alguno se ha sentido agredido. Esto aparece en toda la obra de Freud. Él gasto muchas horas en saber qué era el psicoanálisis y qué era ser psicoanalista. Creo que es un tema crucial y que a mí me ha costado mucho tiempo entender ¿qué era verdaderamente ser psicoanalista, qué era psicoanalizar, qué implica hacer psicoanálisis? Pero ya Freud en artículos tan tardíos como en el  del año 1928 sobre este tema, dice una cosa fundamental: yo he escrito el Análisis Profano contra los médicos y El Porvenir de una Ilusión contra los sacerdotes, porque no quiero que el psicoanalista sea ninguna de las dos cosas. Ni un médico ni un cura. Se ve que el tema no es fácil de discriminar y sigo insistiendo que todavía es un problema saber cuál es la identidad del psicoanalista. Yo ya lo tengo claro y mi tiempo me ha costado (risas), ahora me acusan constantemente de purista.

Me ha costado muchos roces y tiempo, formación, seminarios y supervisiones muy variados y con mucha gente como Arnaldo Raskovsky,  León Grinberg, José Bleger, David  Liberman… Y estoy de acuerdo con Freud, el psicoanálisis es una profesión nueva para el género humano y como tal, ni se sabe bien todavía. Mucha gente no ha accedido todavía, e insisto, me parece muy difícil acceder a la identidad analítica.

Ya he llegado a un acuerdo conmigo mismo en cuanto a en qué consiste el trabajo de psicoanalista. Me parece increíble todavía escuchar a gente que plantea cosas del tipo de que esto es un trabajo que consiste en ayudar a que la gente sea feliz. A mí la palabra felicidad me parece que esta fuera de lugar. En cambio yo uso mucho una frase terrible de Azaña la democracia no consiste en hacer más felices a los hombres, consiste en tratar de convertirlos en tales. Para mí el psicoanálisis tiene mucho que ver con esto. El funcionamiento mental para que sea correcto tiene que tender a funcionamientos democráticos. Un modelo democrático para la mente inspirado en este comentario de Azaña. Todo lo que aparece como rechazado, prohibido, negado, a lo que se le aplican los mecanismo de defensa propios de una dictadura para excluirlo de la comunidad. El psicoanálisis  trata de rescatarlo, reintegrarlo a la comunidad y que sea aceptado. Esto ha ocurrido recientemente con las pulsiones homosexuales, como último ejemplo. En lugar de excluir o reprimir  lo rechazado, incorporarlo. El proceso analítico es eso.  Como veras, esto no es algo sencillo. Fíjate la democracia, los años que lleva para ponerse en práctica y todos los días se ven los intentos por todos los lados de anularla. Entonces, tampoco se puede decir que la democracia es para traer la felicidad. Uno siempre está a vueltas con lo difícil que resulta tolerar al vecino y pocas veces nos paramos a pensar en lo difícil que le puede resultar al vecino tolerarnos a nosotros…

 

¿Cuál sería el aporte fundamental del psicoanálisis?

Desborda completamente el modelo médico. Creo que Freud lo vio muy claro. Bion plantea que el psicoanálisis es disruptivo respecto a la medicina.  Ahora resulta que lo que tiene un paciente es un conflicto psíquico o humano. ¿Cuál era el conflicto en aquellas pacientes como Dora y las histerias? Las emociones. Lo que te hace enfermar son las emociones, el pensamiento por sí solo no provoca nada. Pero las emociones implican y movilizan a los órganos. Ahora se ha puesto en boga la teoría de las emociones de W. James, que decía que el miedo pone en movimiento el corazón y las glándulas. No, es al revés. Son los órganos los que se empiezan a mover y a palpitar y el sujeto concluye que tiene miedo. Esto ha sido discutido, pero sin la respuesta corporal no hay emociones. Freud lo vio, aunque quizá no lo llevó hasta sus últimas consecuencias, aunque bastante dijo. El problema  viene de la intensidad que provoca la emoción y entonces esa carga energética hay que trasladarla hacia algún lado, hay que derivarla, a través de la descarga; si no, el corazón seguiría acelerado, entonces se transforma con algún miedo en la infancia, se transforma en la histeria. Él entendió que el problema era energético, que significa que los órganos están implicados en el compromiso emocional.  Me parece que en cierto modo eso se ha minimizado. Ahora todos los neurofisiólogos plantean que lo del inconsciente claro que existe, pero que no fue Freud, que eso ya se decía antes y además, esto que se estudia ahora, no es el inconsciente de Freud; este tipo de cosas las dice gente como Eduardo Punset. Eso dice mucho en favor de Freud, que se siga tratando de ningunear sus planteamientos. Antonio Damasio decía que cada vez que lee a Freud, pasa de la admiración a la indignación y viceversa.

 

¿Cuál o cuáles son las críticas más acertadas al psicoanálisis?

Desde mis comienzos  gran parte de la teoría psicoanalítica me ha aburrido soberanamente, hasta que me di cuenta de que lo que me aburría era la metapsicología,  que los grandes artículos tienen que ver con la metapsicología, sobre todo el capítulo VII de La Interpretación de los Sueños. Hasta que en el año 1970, se publicó en la revista argentina de psicoanálisis un gran artículo de George Klein que se llama  Psicoanálisis, dos teorías o una. En él plantea una crítica muy fuerte al pensamiento de Freud. Por un lado presenta y avala la teoría que permite explicar los fenómenos de la vida psíquica, que hasta ese momento no tenían explicación (actos fallidos, sueños, lapsus, síntomas neuróticos, actuaciones), con una teoría sencilla, que es la teoría del inconsciente y la represión. Por lo tanto, todo es comprensible, o susceptible de comprensión, y la técnica que hay que aprender es aquella que permita conocer el sentido de los síntomas, porque lo que ha pasado es que el individuo trata de destruir el sentido. El trabajo sobre La Gradiva, es una explicación clarísima sobre esta serie de fenómenos, que tienen que ver con los síntomas histéricos (caso de Elisabeth Von R.). Es  comprender el conflicto humano en la medicina y la psiquiatría. Según G. Klein, esta es la genialidad de Freud, por esto es por lo que ha pasado a la historia y por lo que el psicoanálisis ha sido un movimiento revolucionario, que ha influido en todas partes, desde la medicina hasta la literatura, el arte, la política…

Luego, en el segundo planteamiento, como el propio Freud considera que eso no es ninguna clase de ciencia y, ya que él había querido ser un científico como sus maestros, desarrolló la metapsicología como intento de explicar sus descubrimientos en términos de la ciencia clásica, pero dónde el sentido desaparece y se centra en los términos de las ciencias clásicas, en cosas como el impulso, fuerza, mecánica, energías… Entonces, la teoría de la interpretación de los sueños, que es fascinante, se la carga en ese capítulo VII al hablar de la regresión energética. Es como anular todo lo que había puesto sobre la mesa. Planteando que lo importante era la metapsicología. Y muchos analistas así lo han tomado.

Por ejemplo, G. Klein dice que el psicoanálisis es una ciencia que está en condiciones de responder a preguntas del tipo por qué, ejemplo, ¿por qué se hace la represión?, ¿por qué se hace la negación? Pero no puede responder a preguntas del tipo Cómo, por ejemplo, ¿cómo se hace la represión? Y los psicoanalistas han escrito cientos de artículos sobre cómo se hace la represión. Esto, que para mí es obvio, claro y necesario discriminarlo, no se puede plantear así como así en ninguna asociación psicoanalítica. Porque no somos una ciencia dura. Lo más escandaloso de Freud es que, después de haber descubierto y escrito todas esas cosas fascinantes y novedosas, escribe El Proyecto de una Psicología para Neurólogos, que es la ilusión por dotar al psicoanálisis de esa categoría “científica”.

A mí me parece que la comprensión fundamental de Freud y el psicoanálisis se encuentra en artículos como La Gradiva, o los casos clínicos, que tratan de buscar el sentido. En definitiva lo que hace enfermar a la mente es el sentido doloroso. Pero si yo destruyo el sentido y lo transformo en una obsesión, pierde el sentido. La medicina no busca sentido, porque no le parece científico.

 

¿Qué cualidad debe contar en una persona para ser psicoanalista?

Qué llegue a darse cuenta de cuál es la naturaleza y el objeto de su investigación. La ayuda que podemos ofrecer tiene que ver con dar sentido a aquellas cosas de su vida que no lo tienen. Porque para la mente humana es fundamental el sentido.

¡Qué gran sosiego es comprender!, decía  J.M.Pemán en una tercera de ABC a finales de los años 40 a propósito de un desastre que se había producido en un polvorín en Cádiz, que causó un gran estruendo. Dar una respuesta a un fenómeno que no se puede explicar. La búsqueda del ser humano es comprender a distintos niveles. Es importante, ya que al final no estamos tan separados de las ciencias duras, porque estamos comprendiendo el sentido de los síntomas.

 

¿Qué puede aportar o qué está aportando el psicoanálisis al siglo XXI?

El sentido. Los psicoanalistas hemos tenido mucha responsabilidad, ya que tenemos la aspiración continua de formar parte de las ciencias duras.  Algo  que me han criticado es que cuando doy una charla cito a los periódicos, y recientemente venía una noticia sobre los historiadores. Finalmente han concluido que la memoria y la historia no son identificables. La memoria es falsa y la historia es otra cosa, y eso lo descubrió Freud hace más de un siglo y nadie ha salido a defender esto. Por el contrario, todo lo que tiene que ver con la neurociencia es de rabiosa actualidad; sin embargo, la gente  no hace la sencilla conexión por la cual la neurociencia trata sobre las emociones y, como hemos visto, no hay nada más propio del campo de las humanidades que las emociones, que es la esencia de lo humano.

La gente va al cine, al teatro y lee libros para emocionarse porque, al parecer, las emociones constituyen la sal de la vida a pesar de ser elementos esenciales de los conflictos humanos y de muchas de sus enfermedades.