Enfermedad de Alzheimer

Hablaba hace pocos días de la vida y de la muerte con mi amiga Carmina. De los casos en que le llega a uno la hora postrera en plenas facultades mentales pero con un cuerpo desfalleciente que terminará por limitar de manera mortal a una mente intacta y plenamente consciente. De ahí comenzamos a pensar en el caso opuesto, cuando lo que primero nos abandona son nuestras facultades mentales y nos acordamos del Alzheimer, una de las enfermedades que mejor retrata éste segundo supuesto. Pensábamos en el sufrimiento y perplejidad que la enfermedad de Alzheimer provoca, desde luego en quien lo padece, pero también en las personas más cercanas, pareja, hijos, amigos. “Su especial tristeza y horror proceden de que el paciente pierde su «yo» mucho antes de que su cuerpo muera”.

Esta conversación me hizo recordar el sensible ensayo que Jonathan Franzen escribía en 2001 algunos años después de la muerte de su padre, enfermo de Alzheimer, El cerebro de mi padre, y que recomiendo a todo aquel que esté enfrentado de alguna manera al desconcierto que supone esta enfermedad.

Según nos explica en esas páginas:

La demencia senil existe desde que existe el hombre como fruto natural del envejecimiento pero no es hasta 1901 cuando un joven alemán (con cuyo apellido se clasifico la enfermedad) pudo discernir una dolencia completamente nueva, caracterizada por las placas seniles y ovillos neurofibrilares que encontró al examinar el tejido cerebral de una paciente a la que había entrevistado cuatro años antes y que sufría cambios de humor y una grave pérdida de memoria. Sin embargo el Alzheimer siguió siendo una rareza durante muchos años y el propio Franzen recuerda cómo él mismo recelaba al observar la extensión del uso de esta categoría diagnóstica, paralela al impresionante aumento de los casos durante la década de los 70 y 80.

Ya en los años 50 la investigadora Meta Naumann insistía en que el Alzheimer era más común de lo que nadie había adivinado, al hacer la autopsia a 210 víctimas de demencia senil identificó de nuevo las características placas y ovillos en la mayoría de ellos. Sin embargo la comunidad científica en general no consideraba que la demencia senil pudiera ser algo más que una consecuencia natural del envejecimiento. Hasta que en los años 70, 80 el aumento de casos fue tan grande que la investigación sobre la vejez empezó a recibir fondos. En la actualidad 36,5 millones de personas sufren esta enfermedad, es decir el 0,5% de la populación mundial, 5 de ellos en norteamérica, cifra que podría ascender en aquel continente a los 15 millones en 2050. Estas cifras a su vez han disparado la inversión e investigación en Alzheimer  pero lo cierto es que “un cerebro en funcionamiento no es mucho más accesible que el centro de la tierra o el borde del universo”, aún así los laboratorios trabajan el la búsqueda de la medicina que logre cambiar el curso de la enfermedad.

A través de la cronología y análisis del deterioro de su padre el autor reflexiona sobre biología, memoria, la identidad, la voluntad, la cordura. Se trata de un ensayo tejido de recuerdos personales “mi padre nunca dejó de reconocerme como a alguien que le alegraba ver”, “me hacía con la cabeza gestos elocuentes y me lanzaba sonrisas nostálgicas mientras me comunicaba desatinos a los que yo asentía como si le entendiera” y de las cartas que le fue enviando su madre según la enfermedad de su marido se hacía más patente. Aunque él se esforzaba por ver a su padre como “el entero y verdadero Earl Franzen de siempre”, la demencia avanzaba de manera que los incidentes que su madre le relataba por carta se fueron haciendo más frecuentes, los olvidos, las equivocaciones y el nerviosismo. Repuesto del desconcierto inicial Jonathan Franzen trata aquí de dar sentido y significado a esos últimos años de su padre, se niega a reducir su cerebro a un simple mecanismo informático y poco a poco consigue desvelar, en un relato emocionante, la lucha de su padre contra el Alzheimer.

 

Todas las citas en: Jonathan Franzen, COMO ESTAR SOLO. Seix Barral, 2003.