El caballero inexistente

El Caballero Inexistente y el Falso Self

En este post semanal pretendo relacionar y reflexionar sobre algunos conceptos de la obra de Donald Winnicott a través de la novela de Italo Calvino, El Caballero inexistente.

Este escritor se convirtió en uno de lo más destacados del siglo XX. Esta novela trata sobre algunos personajes de la  nobleza durante la época de Carlomagno. Sin embargo, no es una novela histórica, es una novela fantástica, así como la describe el autor. El caballero inexistente, llamado Agilulfo, es un hombre con una impresionante armadura, blanca y perfecta. Sin embargo, dentro de la armadura no se encuentra nadie, de allí su nombre de inexistente. “Una armadura de dónde sale una voz metálica proveniente de la chapa que vibra pero dónde no hay un cuerpo”.

Podríamos pensar que la armadura funciona como una máscara o tal vez como un disfraz. No obstante aquí, se trata de otra cosa, la armadura se ha convertido en la personalidad de Agilulfo. Y dentro de la armadura hay una sensación de vacío, de futilidad y de irrealidad.

En la novela hay muchos personajes más. Cada uno con su particular modo de estar en el mundo y de relacionarse. Es una novela sobre las relaciones entre existencia y conciencia, entre sujeto y objeto. En definitiva, cómo señala Calvino (1959) es una historia sobre los diferentes grados de existencia del hombre y sobre nuestra posibilidad de realizarnos como personas

No voy a contar el final de esta historia porque vale la pena leerla pero por ahora me servirá para exponer mis reflexiones. En ellas estableceré un paralelismo entre la armadura de Agilulfo y el concepto de falso self. En este trabajo, cuándo hable de Self estaré hablando igualmente de Yo. Aunque sé que existen diferencias entre las distintas escuelas, en este caso serán sinónimos para mi.

La armadura sería entonces como el falso self. El falso self señala Winnicott (1960) es una organización disociada destinada a proteger ese núcleo de ser amenazado.En otras palabras, el falso self sería las defensas que levanta ese Yo amenazado y que intenta ocultar al verdadero self. Asimismo, este falso self, surgiría de la necesidad de reaccionar frente a una madre ambiente que irrumpe constantemente la continuidad de la existencia

Debido a estas interrupciones, se produce un despertar precoz del propio intelecto del infante que se defiende deficientemente sometiéndose él mismo y sus propias pulsiones frente a una madre que no le acepta o a una madre que antepone sus necesidades antes que las del bebé. Esta es la razón por la cuál el soporte ambiental o el yo auxiliar de la madre se hace indispensable para ligar las pulsiones (excitaciones) a través de experiencias que favorezcan la integración psique-soma y el desarrollo del psiquismo del infante.

Cuándo la madre responde negativamente al gesto espontáneo del bebé, ya sea replegándose o a través de la represalia se crea una “cáscara protectora” llamada falso self que protege al verdadero self de los ataques del medio. Cómo dice Winnicott (1960) “el infante empieza reaccionando en vez de existiendo”. Me imagino al infante como si fuese un país en guerra que tiene que defender constantemente sus fronteras.

La respuesta de la madre a las primeras muestras del infante de su propia agresividad o del llamado amor despiadado son cruciales para una correcta configuración de su psiquismo. Si la madre interpreta el amor despiadado como destructividad y no como parte del gesto espontáneo del niño podremos suponer la aparición de estados de angustia y su consecuente puesta en marcha de mecanismos primitivos de defensa.

La madre suficientemente buena como señala Winnicott (1962) se adapta y permite la experiencia de ilusión y de omnipotencia saludables en el niño. La ilusión permite encontrar el objeto creado y confiar en la vida. Cómo el poder destruir permite sentir alegría ante la supervivencia del objeto. Todo esto fortalecerá al Yo permitiendo el pasaje del narcisismo primario al narcisismo secundario.

Agilulfo se moverá entonces entre la angustia y la defensa.

“En los momentos que se sentía desvanecer conseguía no disolverse entregándose a un ejército de tareas como contar objetos, ordenarlos en figuras geométricas, resolver problemas de aritmética, etc.”

 El miedo al derrumbe (1963) como señala Winnicott es un temor a un derrumbe que ya ha sido experimentado con anterioridad. Por esta razón, Agilulfo, estaba lleno de rituales que le servían como escudo protector frente a la angustia de desintegración.  Agilulfo, no conocía el consuelo del sueño. Muchas personas que sufren de insomnio no pueden suspender el control de sí mismas y dejarse llevar para poder dormir.

 “No podía saber qué era poder cerrar los ojos, perder la conciencia de sí y después al despertar encontrarse igual que antes y reanudar los hilos de la vida. Agilulfo no dormía, no despertaba y lo que era peor no soñaba”.

Para lograr conciliar el sueño dice Ogden (1992) tenemos que haber interiorizado la matriz psicológica de la unidad madre e infante. “Muchos trastornos crónicos del sueño reflejan un desarrollo inadecuado de la matriz psicológica interna. Conciliar el sueño significa un acto de fe en nuestra capacidad de mantener nuestra existencia a lo largo del tiempo mientras renunciamos a casi todas las formas de control consciente. En el sueño, nos entregamos a nuestro medio de sujeción interno”.

Agilulfo podía recitar versos de amor pero no sabia lo que sentía su corazón o podía sentarse a la mesa con la máxima elegancia y formalidad pero no comía. Amaba la perfección y todo lo que no era perfecto se convertía en peligroso.

Agilulfo era un hombre disciplinado y obediente. Para Winnicott  (1960) lo más característico del falso self es la sumisión. Si la madre no se ha adaptado suficientemente bien a las necesidades del infante. “El infante es seducido para que sea sumiso y complaciente con las exigencias ambientales. El niño crece para ser exactamente como la madre, la niñera, la tía, el hermano, o quien quiera domine la escena en ese momento”.

Agilulfo se llamaba en realidad, Agilulfo Emo Betrandino de los Guidivernos, era un nombre realmente largo y altisonante pienso que seguramente se llamaba así para poder sostener su pobre existencia. Imagínense el grado de angustia que sintió Agilulfo cuándo se puso en entredicho en un momento de la historia su título de Caballero. Lo único que  prácticamente le sostenía. Con total desesperación, Agilulfo sale a la búsqueda de pruebas para comprobar la veracidad de su título y por tanto de su ser.

El falso self, en algunos grados, “Es una defensa contra lo impensable, contra la explotación de su verdadero self, que daría por resultado su aniquilación” (Winnicott, 1960). El verdadero self emerge de un sostén tranquilo materno que responda sin retaliación y a una madre capaz de recibir los impulsos personales de su bebé. Todo esto asimismo, permite la integración psique-cuerpo que no es algo dado desde el inicio como manifiesta Winnicott (1962) sino algo que se adquiere con el paso del tiempo.

Así piensa Agilulfo mientras arrastra un muerto al que debe cavarle una fosa: “Oh muerto, tienes lo que nunca tuve ni tendré: está envoltura, tú tienes un cuerpo, eso que en algunos momentos de melancolía me sorprendo envidiando a los hombres que existen”.

Winnicott postula una no-integración, a partir de la cual gracias a los cuidados maternos, el bebé podrá ir identificándose con su propio cuerpo, del modo que los límites de su propio cuerpo se convertirán también en los límites de su Yo. De esta manera la psique se irá apoyando en lo corporal.

La confusión y la falta de integración que ocurren en las etapas tempranas tendrá que ver con el fallo ambiental y los grados de patología dependerá de los traumas iniciales. Las organizaciones de falso self pueden clasificarse como una gradiente que va desde lo neurótico hasta lo psicótico. No es lo mismo pues, defenderse a golpe escisión que a golpe de represión.

Gurdulú, otro personaje de esta historia. Se había convertido en el escudero de Agilulfo. A diferencia de Agilulfo, Gurdulú tenia muchos nombres y estos cambiaban según el pueblo y el lugar al que iba. “Los nombres les resbalaban por encima sin conseguir nunca pegársele”.

Así parecía que Gurdulú  no tenia una impronta personal, un nombre propio. Cuándo estaba frente al emperador se convertía él mismo en Carlomagno y empezaba a dar órdenes. Gurdulú era como un camaleón, se transformaba en lo que tenia en frente. Los límites entre su Yo y su No Yo no estaban definidos. “Cuándo pasaba galopando, las dos cabezas tan cercanas, hacia que no se supiera tan fácilmente cuándo comenzaba y terminaba la cabeza de Gurdulú y la del caballo”.

Inclusive cuándo veía caer las manzanas de los árboles, él se convertía en una manzana más y rodaba junto a ellas cuesta para abajo. No jugaba a ser una manzana, era la manzana. (Ecuación simbólica, Hanna Segal)

Los fallos extremos en la simbolización, como en el caso de Gurdulú, se producen cuando no se ha podido crear el espacio potencial, esa zona intermedia de experimentación, ese espacio transicional donde es posible el juego y la creatividad. Dónde una cosa puede ser representada por otra y así sucesivamente.

Espero que nuestros pacientes tenga una mejor suerte que el Caballero Inexistente y que en ese viaje interior a través de sus análisis o de su psicoterapia puedan encontrar aquello genuino, aquello que les haga sentirse vivos y reales. Como me dijo una vez una paciente “Quisiera una vida para vivirla y no sólo para imaginarla”.