Entrevista con Alicia Monserrat, el psicoanálisis sigue siendo subversivo

 

 

 

El juego en la infancia

 

Alicia Monserrat es psicoanalista titular de la Asociación Psicoanalitica de Madrid (APM), miembro fundador de la Asociación de Psicoterapia Operativa Psicoanalitica (APOP).

¿Cuál fue su vía regia de acceso al psicoanálisis?

La más sencilla, la vía de la necesidad de conocerse a uno mismo, en un contexto cultural muy propicio para el psicoanálisis. Provengo de una familia con un hermano psicoanalista y para mí fue un acceso natural, podríamos decir. Además, en la universidad el esquema de referencia era el psicoanálisis, muy distinto a lo que ocurre en la realidad social y cultural española. Esto me sorprende profundamente, porque al hablar de mi identidad como psicóloga se desprende que ésta fuera distinta a mi identidad como psicoanalista. Parece que uno tuviera doble o triple identidad, que cuesta integrar en un modelo coherente profesional. No quiero idealizar lo que se vivía en Argentina, aunque he de decir que había y hay un campo  más facilitador, más estimulante para optar por el psicoanálisis.

En esa época, después del Mayo del 68 francés, todo estaba muy vinculado a la filosofía, producto de la cultura del momento.

¿En qué situación se encontraba el psicoanálisis en España?

Era un terreno fértil para las ideas psicoanalíticas, novedosas como pensamiento y que estaba unido al movimiento de los cuestionamientos de la antipsiquiatría, que venía de Italia. Fue un momento de efervescencia. Ahora creo que hay que renovar o actualizar determinadas cuestiones. Por ejemplo, acabo de participar en unas jornadas sobre Infancia y Adolescencia y me ha llamado la atención la división que se hacía entre lo científico y el psicoanálisis, como si no se considerase científico el psicoanálisis. Se ha quedado fuera de la universidad en general, así como de otros centros de producción, de  formación. ¿De quién es la responsabilidad? No solo de los psicoanalistas, sino también de otros sectores de la sociedad…

Para mí, en estos momentos, el psicoanálisis sigue siendo subversivo, en el sentido que acuñó Freud de “Aquí traigo la peste”  y en ese aspecto me siento tranquila, ya que es el lugar que debemos ocupar. Ese territorio científico donde se debe cuestionar e implicar todo aquello incómodo que descentra el narcisismo. La hipótesis del inconsciente, la sexualidad infantil y la transferencia siguen siendo conceptos válidos, de actualidad, para la comprensión de las subjetividades. Del mismo modo que necesitamos años de desarrollo para configurar el psiquismo, es muy importante. Así que de alguna manera es antiguo, pero sigue siendo una propuesta vigente en cuanto a los conceptos  y la técnica.

¿Qué balance hace de su experiencia como paciente? ¿Y cómo analista?

Como paciente he sido muy paciente, en el sentido de haber podido estar con diversos analistas y en momentos clave. Lo importante es que he dado valor al tiempo transcurrido en la transmisión de mi propio análisis, en mi condición de paciente. El valor del análisis para mí, parte de la decisión y elección que hice como opción personal, fuera de todas las circunstancias del entorno familiar o cultural a las que me refería antes.  Creo que ha sido la mejor inversión y herramienta de la que dispongo en mi vida personal.  También me sirvió para desidealizar a los propios analistas. Para ser analista, cada vez me parece más importante conocer y valorar la experiencia de vida que tenga cada uno de ellos. Como decía Bion, en Aprendiendo de la experiencia, realmente aprendemos desde que nacemos, y tenemos un esquema referencial. El tiempo y la experiencia de haber trabajado en distintas instituciones, no solamente en la formación analítica de grupos o supervisando instituciones psiquiátricas, me han servido mucho para ampliar el campo de la cura tipo, para pensar analíticamente otras cuestiones. Todas estas experiencias, desde la infancia, ayudan a ser analista y a ellas se añade la otra, que es la propia existencia, ya que un analista vive, se enferma, le pasan cosas… En este sentido me parece esclarecedor el concepto de la contratransferencia. Cada vez es más importante para mí apreciar ese “encuentro” winnicotiano que se da cuando alguien viene a pedir ayuda. Si no se produce ese encuentro, no hay posibilidad de desarrollo. Es por eso que ahora me permito estar tranquila en cuanto a las personas que acuden a consulta. No tanto por ser psicoanalista o no, sino por los efectos que pueden desarrollarse (generarse) a partir de ese encuentro terapéutico.

La otra cuestión es que uno tiene que darse tiempo con la persona que está pidiendo ayuda, valorando mucho la transferencia y la contratransferencia como herramientas válidas para desarrollar el trabajo, así como la curiosidad por todos aquellos planos del conocimiento sobre un sujeto.  Pero no así la mezcla interdisciplinar. La Neurociencia, por ejemplo, que me resulta  interesantísima y enriquecedora, no me parece apreciable para el trabajo terapéutico, ya que entra en un registro de otro orden. No obstante, voy ampliando campos que me permiten encontrar otro lugar de elaboración a través de la escritura. Aprovecho y necesito escribir, sobre todo con casos de fracaso o aquellas situaciones que me resultan difíciles. Cuando un individuo se enfrenta a la experiencia de comprobar que no todo es posible, necesita elaborar dicha situación.

Sigue siendo fundamental repensar los casos del espacio de la supervisión. Entiendo que es otra mirada, ese tercero que escucha tu escucha, que no se debe abandonar nunca porque siempre permite repensar un caso y encontrar vías de elaboración. Es verdad que en la inmediatez de la experiencia clínica, está bien tener un espíritu crítico a posteriori. Aunque ahora me he vuelto más comprensiva conmigo misma. Respecto al trabajo bien hecho, cuando se siente que se ha hecho algo bien, es que con esa persona se ha logrado lo suficiente.  Es importante, y también soy consciente de que si hay una recomendación analítica para una persona que sufre, es un error proponer otra cosa.

Esto me remite a que varias veces he pensado sobre mi experiencia de vida, y cuando llegué a España busqué un analista. Pero no quería que fuera sudamericano, porque, me dije a mí misma, ya que estoy en otro lugar, me tengo que involucrar. Aunque en aquella época mi situación era precaria en todos los sentidos y sobre todo en cuanto a los recursos económicos, así y todo, aposté por comenzar el análisis.  Tuve las entrevistas en julio y es interesante ver cómo funciona el inconsciente y su labor propulsora, ya que en septiembre había encontrado trabajo para hacer algo que yo deseaba y también necesitaba.  Es decir, mi deseo de analizarme no se frenó por las dificultades y habría sido un error que hiciera otra cosa para lograr mi  búsqueda. Pero ahora las circunstancias son distintas y uno puede pensar que en este momento el término del encuadre también estaba en la seriedad y que tampoco tenía tanto que ver con lo económico. A mi consulta ha venido gente a la que le he indicado un análisis con honorarios adecuados a su situación económica y no lo ha aceptado, así que hay que tener precaución con eso. Por tanto, para mí en estos momentos hay más diversidad y propuestas relacionadas con el encuadre analítico.

En cuanto a aliviar el sufrimiento, ahora estoy más implicada en el análisis de niños y adolescentes. Por la misma realidad están muy afectadas las funciones parentales con variadas metamorfosis de familias; hay demandas muy acuciantes sobre padecimientos de niños y  adolescentes. Considero que se pueden construir espacios de análisis aunque la situación es muy difícil (recordemos los primeros tiempos del  psicoanálisis, y la implantación del análisis), pero se construyen los procesos para crear unas circunstancias propicias  para la cura analítica que continúa vigente, aunque es indudable que han cambiado mucho las circunstancias.

En la APM recientemente se ha creado el Premio Rebeca Grinberg de niños y adolescentes, después de su fallecimiento. La última conversación telefónica que mantuve con Rebeca fue precisamente a propósito de una entrevista que traté de hacerle a ella y a Isabel Luzuriaga, y una cuestión que yo le planteaba es que ahora es muy difícil tratar a un niño en tres sesiones. Y ella, con sus noventa años, me dijo que este es un tema importante para pensar en los foros psicoanalíticos, para saber qué estamos haciendo, y cómo realizamos nuestro trabajo a diario. Y en cuanto a Isabel, ella siempre plantea que todo análisis tiene que llegar no al niño que hay en uno, sino al bebé que hay en uno. Es decir, a los primeros tiempos de la constitución del psiquismo.

¿Qué interés o que campo del psicoanálisis ha despertado mayor interés en su trabajo?

Sigo pensando que las elecciones en la vida se prefiguran en la más tierna infancia. Cuando pensé hacer psicoanálisis siempre me interesó el tema de las familias, pero el psicoanálisis de familias no estaba muy desarrollado en los ambientes que frecuentaba, entonces pensé que la forma de entender los grupos desde una mirada psicoanalítica me iba posibilitar un entendimiento sobre esa materia. Mientras hacía formación grupal en la universidad empecé a pensar en la formación psicoanalítica de la IPA, y luego retomé mi antiguo interés por los grupos y la familia.

En este momento mi búsqueda va dirigida a la constitución del aparato psíquico de los niños, en estudiar cómo se conforma lo psíquico en relación con el otro. Hay distintas teorizaciones. Pero en las identificaciones están implícitas las transmisiones de ese psiquismo singular que dice Freud. Desde ese lugar, la investigación con los niños sirve para los adultos y las instituciones, incluso.

En estos momentos he presentado un seminario, que se denomina “Diálogo entre autores”.  Sigo totalmente la línea freudiana de la carta 53 y la segunda teorización del modelo del aparato psíquico con las tres instancias Yo, ello y superyó, que es la base del desarrollo para la comprensión de la clínica actual. También he incorporado a Klein, que es muy valiosa en sus aportes e innovaciones con una diferente perspectiva metapsicología. Esta visión es la  que he adquirido de mi formación en la APM. Y posteriormente, la escuela francesa, sobre todo al incorporar a Piera Aulagnier, Green y Laplanche. De Argentina, Silvia Bleichmar. Son lecturas que permiten y ayudan a pensar los conceptos clásicos con el hoy de la teoría y la clínica psicoanalítica. Desde estos esquemas referenciales, en estos momentos me parece no solo interesante sino necesaria esa integración que cada uno de nosotros vamos haciendo con los autores, desde una línea y una práctica.

Más allá de la infancia, me siguen interesando los temas de la sexualidad femenina, sobre la que estoy haciendo mi tesis doctoral con Pedro Chacón, para poder seguir investigando sobre la singularidad. Me sigue pareciendo asombroso el desarrollo de la constitución del psiquismo, que se hace de forma grupal, en el  sentido de que es necesario algo más que una madre y un padre, pero que en función de la manera en que se metabolice y se constituya dará una singularidad única en un individuo.  También encuentro cosas valiosas desde la filosofía; me parece muy interesante el pensamiento de Edgar Morin  y también el de Bauman. No me satisface la actitud de acomodarme en el campo de la teoría.  Para mí Winnicott es el exponente del mediador en varios autores,  célebre por pensar entre otras cosas el objeto transicional, y para mí él es el representante en la teoría de ese lugar. Él decía que la teoría debe sostenerse en la experiencia tanto como que la experiencia tiene que ir acompañada de las herramientas que aporta la teoría, porque de otra manera no se vislumbra lo que sucede y la resolución del conflicto.

¿Con qué cualidades debe contar una persona para ser psicoanalista?

Se desprende de lo que venimos hablando. En principio, y aunque suene bastante narcisista, pero es de humildad hacerlo, lo fundamental es un  reconocimiento del deseo por conocerse y también haber pasado experiencias de sufrimiento, digamos que una vida bien vivida. En relación al libro de P. Gay, la biografía de S. Freud, él habla de cómo se van reuniendo las propias experiencias vitales. También me parece importantísima la capacidad lúdica, en el sentido de que lo lúdico –y esto iría enlazado con lo que hablábamos antes en relación a la terminación de un tratamiento–, ha podido sublimarse, lograr un proyecto creativo. Ser respetuoso y comprensivo con la elección de cada caso, con la capacidad que tiene cada uno para recrear, para no repetir. Por otra parte, evitar el riesgo de producir iatrogenia, donde un análisis queda congelado. Esto linda con lo ético y hay que valorar la dificultad de la materia con la que trabajamos, que puede resultar dañina. Si no se tiene cuidado, sin querer, podemos entrar en la repetición del trauma de un paciente y sobre esto sí creo que hay que ser muy cuidadoso. Nuestra labor se centra más en lo creativo y en lo ético, no tanto en definir si esto o aquello es bueno o malo. Me parece atrevido ponerse en el lugar de saber qué es lo correcto. Entiendo nuestro trabajo como una labor de investigación, ayudando a una persona que tiene una dificultad que le provoca un sufrimiento y que solicitó nuestra ayuda para poder pensar. Siempre me ha preocupado que las posiciones ideológicas no sean obstáculo para lograr  la meta  de la cura en nuestra práctica. Valoro y considero fundamental devolver al paciente la capacidad de elegir, por más difícil que sea la situación en la que se encuentre. Por eso mencionaba antes la consideración del psicoanálisis como algo subversivo. Esto lo aprendí con Pichón-Rivière, es decir que uno no debe adaptarse rígidamente a la realidad, sino que la adaptación debe ser creativa. La vida es una elección, y lo ideal es que fuésemos arquitectos de nuestro propio destino. En ese sentido freudiano, hay que tratar de salir de la realidad neurótica y aceptar la miseria de la vida cotidiana. Es decir, que hay que adaptarse a la realidad de manera activa, aceptando la castración.

Por el lado ético, desde esa perspectiva, me cuestiono mucho, por ejemplo en las adopciones, en el sentido de que a través de unas entrevistas se tenga que valorar si unos padres son idóneos o no para adoptar. Este campo profesional me hace ser consciente de lo complejo de este trabajo. Ahí sí creo que hay que enfocar y trabajar para prevenir.

¿Qué piensa que puede aportar el psicoanálisis al siglo XXI?

Deberíamos estar cada vez en más foros, en espacios de debate y decisión. Por ejemplo en la redacción de leyes, en la  educación, en la universidad. Lo que pasa es que la transmisión del psicoanálisis es muy difícil y habría que estar en todos aquellos foros donde se compromete el desarrollo de un niño, ahí tenemos muchas cosas que decir, igual que en el campo de lo social y cultural del momento. También considero que el psicoanálisis necesita desarrollo y cuestionamiento propio como disciplina. Creo que el psicoanálisis tiene un cuerpo teórico y experiencia que puede aportar no solo en la construcción del psiquismo sino también a otros campos.

Así como nosotros tenemos la singularidad del sujeto como herramienta más definida, es interesante poder ver los ropajes nuevos, aportando la escucha y teniendo presente que cada sujeto humano necesita mucho tiempo para constituirse.