Mitoanálisis II

PSIQUE

Un artículo de Bernardo Souvirón                                                                                 Bernardo  Souvirón

En la antigua Grecia toda presencia, sensación o fuerza abstractas fueron poco a poco adquiriendo primero forma; después rostro. Ésta es una característica fundamental de la religión griega. Tan fundamental que posibilitó un tipo de experiencia, religiosa o no, que no se estancó en conceptos puramente animistas, en abstracciones sin forma, sin rostro, sin genealogía. Muy al contrario, los griegos tendieron a dar un aspecto humano a todas las fuerzas y sensaciones que de una u otra manera los inquietaban. Huyeron así de ese mundo opresor y temible que caracterizó a las religiones de los pueblos con los que tuvieron contacto a lo largo de su historia.

En un viaje mental que constituye una verdadera epopeya mítica, imaginaron un rostro para el destino, para la tormenta, para la necesidad o para el sueño. También consiguieron que el mundo de la religión, poblado hasta entonces por sombras sin semblante, por abstracciones que representaban fuerzas, obsesiones y misterios, se llenara de rostros humanos, de figuras humanas, de personas que, al cabo, eran iguales que sus creadores. Este proceso mental explica que los dioses griegos, a diferencia de los nuestros, no sean sobrenaturales. Todo lo más son sobrehumanos, en el sentido de que no mueren y perduran eternamente, pero nunca son sobrenaturales. Es lógico, pues, a diferencia de los dioses de otras religiones, son hijos de la misma madre que engendró a los mortales, y están, por tanto, sometidos a las mismas leyes que los hombres.

Éste es un punto importante, porque caracteriza todas las manifestaciones de la creatividad de los griegos. Para ellos, la palabra mágica era ánthropos, que no significa otra cosa que “persona” o “ser humano”. Cuando decimos que todo en Grecia es antropomórfico, lo que queremos decir, con razón, es que todo lo griego está hecho a la manera del ser humano, de la persona. Los dioses son humanos; los monstruos son humanos; las cosas son, también, humanas; y también las abstracciones que les preocupaban, como psique.

En efecto, muy pronto comprendieron que todo ánthropos está constituido por dos naturalezas que no pueden vivir separadas. Una es material, puede percibirse a través de nuestros sentidos físicos. Podemos tocarla, verla, olerla… A esta parte de la naturaleza de todo ser humano la llamaron σῶμα (sóma), es decir, ‘cuerpo’.

Pero hay otra parte, otra naturaleza, que no puede percibirse por los sentidos físicos. A pesar de ello, los griegos jamás dudaron de su existencia y, con frecuencia, la situaron en una esfera superior. A esa naturaleza intangible cuyas leyes pueden pasar desapercibidas con frecuencia, la llamaron ψυχή (psyché o psique).

Así pues, los antiguos griegos creían que el ser humano es una unión, una mezcla, una fusión de sóma y psique. Por decirlo en términos de hoy, pensaban que todo ser humano es psicosomático.

Mas ¿qué significa el abstracto psique en griego? Veamos. El sentido originario de la palabra es soplo, especialmente soplo de vida, es decir alma. Pero alma no tiene aquí un sentido religioso sino que se entiende como principio de vida, de tal manera que la muerte no llega hasta que psique abandona el cuerpo. Homero, el primer escritor de occidente, lo refleja muy bien en los versos que siguen a la muerte de Héctor (el instante supremo de la Ilíada), vencido por Aquiles:

[…] y lo dejó el fin de la muerte cubierto

y el alma (ψυχή) desde sus entresijos se fue al Hades en vuelo,

llorando su suerte, pues dejaba juventud y hombría en el suelo.

(Ilíada 22. 361 y ss.)

 

La imagen creada por Homero es suficientemente plástica. La psique de Héctor abandona el cuerpo del guerrero a regañadientes (“llorando su suerte”), certificando así su muerte.

Partiendo de este significado originario, psique acabó por significar vida, incluso ser vivo, persona, como atestigua una multitud de textos posteriores. Y aún más.

En efecto, esta idea de preeminencia de psique sobre sóma, llevó a algunos autores a iniciar un camino que ha tenido una trascendencia religiosa enorme. Tal camino, transitado por Pitágoras y, especialmente, por Platón (Gorgias 493 a, Cratilo 400 c, Fedón 62 b) terminó por considerar al cuerpo una especie de prisión del alma.

El cristianismo no desaprovechó tal regalo teórico y en muy poco tiempo se “apropió” de esta idea dándole un sentido doctrinal extraño a la mentalidad griega. Las implicaciones, a mi juicio negativas, de la visión religiosa cristiana aplicada a esta oposición entre sóma y psique perviven todavía y no parece vislumbrarse la hora de su ocaso.

Sin embargo, ¿cómo visualizó el mito a psique? ¿Cómo convirtió el mito a psique en Psique?

La imaginación de la gente hizo de Psique una joven alada, parecida a una mariposa, pues en las creencias populares el alma era imaginada como una mariposa que, tras la muerte, escapaba temblorosa y vacilante (como en el caso de Héctor) del cuerpo. Pero poco más puede decirse.

Justamente es este silencio mítico lo más importante. En efecto, acostumbrados a poner rostro a toda abstracción opresora, decididos a buscar por el camino de la personificación el orden de un mundo desconocido, los antiguos griegos no buscaron un rostro a psique. No crearon leyendas que pudieran tranquilizarlos, pues psique, la parte no corpórea de la naturaleza humana, nunca los inquietó. Convivieron con esa abstracción de una manera completamente natural, como si se tratara de algo cotidianamente presente.

Los mitos que hacen de Psique una muchacha hermosísima de la que se enamoró el propio Eros (la personificación, esta vez sí, del amor), son tardíos y con toda probabilidad se deben a los poetas, especialmente al romano Apuleyo que, en sus Metamorfosis, fija para siempre su leyenda. Las pinturas de Pompeya acabarían por popularizar su apariencia para siempre.

Mas en Grecia, psique no tiene propiamente una leyenda. Nunca tuvo rostro. Nunca fue realmente Psique. Quizá porque su imagen no es única, sino que está reflejada en los gestos, en los ojos, en los rostros de todas las personas.

Bernardo  Souvirón