Mitoanálisis

MITO Y CUENTO

Aguilas2_1                                                     Bernardo Souvirón

   Desde siempre el hombre ha intentado comprender dos clases de misterios: los del mundo que le rodea y aquellos otros, menos tangibles, que suceden en lo que podríamos llamar su propio mundo interior. Tal mundo interior, presente en todos nosotros, fue bautizado por los antiguos griegos con una palabra intraducible que, sin embargo, ha perdurado a través de miles de años a nuestro lado: ψυχή (psique). En torno a esta palabra ha nacido toda una ciencia que, precisamente, aborda desde una perspectiva científica esos misterios no siempre perceptibles que tienen lugar en el universo interior de las personas, es decir, en su psique.

Mas lo que me propongo en estas colaboraciones no es tratar de esa ciencia llamada psicología (es decir, ‘conocimiento de la psique’), sino centrarme en uno de los caminos que los antiguos griegos utilizaron para intentar penetrar en ese mundo interior que, regido por leyes que no son físicas, parece cerrar sus puertas con frecuencia a todo aquel que intenta conocerlo.

En efecto, dos son los caminos que nos llevan al conocimiento. De uno de ellos hablamos permanentemente. Parece como si, en una época como la nuestra, fuera el único posible. Me refiero al camino de la razón y, por lo tanto, de la ciencia. Sin duda alguna podemos (y debemos) intentar explicar el mundo a través de la razón. Es una vía que el ser humano ha utilizado desde siempre y, fundamentalmente, es la que se nos enseña desde que empezamos en la escuela nuestro proceso de formación como personas. La vía de la razón nos lleva a la filosofía y a las ciencias, puras o aplicadas. Es la vía del λόγος (lógos), por utilizar de nuevo la palabra griega que lo define.

Ciertamente, el lógos está detrás de toda actividad científica realizada por cualquier persona en cualquier lugar y en cualquier época. Quizá sea esta actividad racional (lógica), de la que parte la ciencia, la característica más propia del ser humano, la que nos identifica como especie.

Pero hay otro camino. Es menos transitado y, con el tiempo, se ha llenado de zarzas y de baches. En realidad es más un sendero que un camino: el sendero mítico.

Aquí no domina la razón ni el pensamiento abstracto, sino la imaginación. Es un mundo de imágenes, un mundo que trata de visualizar más que comprender un determinado proceso. Un mundo que se encierra detrás del significado de otra palabra griega: μῦθος (mythos). Pero ¿qué es un mito?

Igual que ha ocurrido con la ciencia, la abundancia de información y, sobre todo, el acceso inmediato a ella por parte de una enorme cantidad de gente, ha hecho que los límites entre mito, cuento y leyenda se difuminen por completo, hasta tal punto que, para la mayoría de la gente, se trata de términos sinónimos. Se confunde el mito con el cuento y, a veces, se dice que un personaje es mítico simplemente porque es famoso. Esta confusión, muy generalizada, ha hecho que los mitos, asociados al mismo universo que los cuentos, hayan perdido interés desde cualquier punto de vista que no sea el de la pura fascinación que transmiten por sí mismos, el puro placer que nos atrapa cuando contemplamos sucesos que parecen increíbles o a personajes deslumbrantes que, por lo demás, acabamos por creer que no han existido más que en la imaginación de los poetas que los crearon.

Por eso, con frecuencia, el mito es rechazado sistemáticamente como fuente de conocimiento pues, una vez igualado con el cuento, se le niega, igual que a éste, toda posibilidad de transmitir datos o hechos fidedignos.

Sin embargo mito y cuento son cosas completamente diferentes. En un sentido propio, utilizamos la palabra mito para referirnos a algunas de las interpretaciones que, sobre los hechos y sucesos de la experiencia, realiza la imaginación de un pueblo. Con frecuencia (aunque no siempre), tales interpretaciones nos han sido transmitidas en forma de relatos sencillos, aptos para ser entendidos por cualquiera, que adoptan la forma de un cuento.

Ésta es una primera definición que, según creo, puede situar al lector de una manera relativamente segura, pues de ella deben deducirse dos ideas claras. La primera es que un mito es un producto de la imaginación, no de la razón; la segunda es que el mito adopta la forma del cuento o la leyenda sólo en su transmisión, no en su esencia. No es un cuento, aunque parezca un cuento.

El hombre, enfrentado al mundo que lo rodea, reacciona mentalmente de dos maneras posibles: puede razonar o, por el contrario, puede imaginar, dejar que su imaginación le permita visualizar una explicación determinada que, con el uso exclusivo de la razón, sería incapaz de comprender. La razón es el mundo de la ciencia; la imaginación es el mundo del mito, y abona su difusión entre todos los estamentos sociales: hombres y mujeres, ricos y pobres, poderosos o necesitados

Así pues, los mitos son, al fin y al cabo, una explicación de algo, un intento de penetrar con la imaginación en territorios en los que no se puede (o no se debe) penetrar con la razón: los mitos son una explicación. No la explicación, sino una explicación. En este sentido persiguen el mismo objetivo que la ciencia y, algunas veces, que la religión: explicar el mundo.

Ésta es la diferencia fundamental entre un mito y un cuento. El cuento tiene, con el mito, el fin de inspirar alguna clase de asentimiento imaginativo y a menudo intenta revelar o registrar una verdad o, al menos, los flecos de una verdad. Sin embargo, aspira, sobre todo, a entretener y divertir y, por lo tanto, no explica nada, ni un suceso histórico ni un fenómeno natural, ni necesita, consecuentemente, tomar en cuenta las nociones que puedan tener de la realidad quienes lo escuchan o lo leen. Los cuentos no pretenden explicar el mundo, ninguno de sus aspectos, ni sus destinatarios esperan que lo hagan.

Los mitos, sin embargo, pretenden siempre una explicación. Una explicación imaginativa, pero una explicación al fin y al cabo. Mas, a veces, debajo de esa explicación puede esconderse todo un descubrimiento. Permítanme un ejemplo.

Cuando Zeus, el gran dios indoeuropeo adoptado por los griegos, quiso saber cuál era el centro del mundo, soltó dos águilas. Una voló hacia las tierras del oeste; la otra hacia las del este. Tras un largo vuelo ambas se encontraron en Delfos, lugar al que los griegos consideraban el “ombligo”, es decir, el centro del mundo. El relato puede parecer más o menos poético, más o menos imaginativo. Y en general es ésa la sensación que produce. Sin embargo, lo más importante es, como ocurre con frecuencia, lo que permanece oculto a casi todos los que lo oyen o lo leen. Este mito nos enseña que aquellos que lo imaginaron y lo transmitieron sabían que la tierra era redonda. Un hecho que tardó milenios en aceptarse.

Creo que este artículo puede servir de introducción a los otros que habrán de venir. Quizá sea bueno abordar en el próximo el mito de una muchacha cuyo nombre les es bien conocido: Psique.

Bernardo Souvirón