Entrevista de Sabin Aduriz para CPPF

LA CIUDAD

Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón – como un cadáver – sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí”.
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

C.Cavafis

 

¿Cuál fue su vía regia de acceso al psicoanálisis?

Soy licenciado en psicología y pedagogía. Estudié la carrera de Psicología en tiempos de una intensa lucha política contra la dictadura, en los cuales todo estaba muy ideologizado. En la Facultad estaba interesado por la antipsiquiatría. Después de la crecida vino la bajada de la marea, la  crisis política y personal. Recuerdo que acudí a un psicoanalista especializado en “grupos operativos”, Armando Bauleo, para hablarle de mi interés en vincular la política con la subjetividad, él me recomendó que me integrara en un grupo terapéutico, ahí comenzó mi andadura psicoanalítica. Siguió después el estudio de Freud que me marcó, ya que me considero fundamentalmente freudiano, aunque sabiendo que Freud no lo dijo todo. En aquel tiempo estudié también a otros autores como Lacan. Gracias a la formación en la APM pude conocer a Winnicott y a otros autores de la Escuela inglesa y a autores de la Escuela francesa. En la actualidad me interesa mucho el pensamiento de André Green, recientemente fallecido, pero también las contribuciones de muchos otros autores y de variadas escuelas analíticas. También me interesa la tensión dialéctica entre lo viejo y lo nuevo del psicoanálisis. Pienso que los tiempos están cambiando y que hemos de estar abiertos a estos cambios, pero haciendo trabajar a los conceptos y las enseñanzas fundamentales del psicoanálisis. Paralelamente a mi formación en psicoanálisis trabajé en el ámbito institucional, en el Servicio Psicopadágogico del ayuntamiento de San Fernando de Henares y durante diez años en un colegio de Enseñanza Secundaria con adolescentes. El trabajo institucional me enriqueció mucho, considero que no entra en contradicción con el psicoanálisis sino que abre posibilidades al pensamiento psicoanalítico de tener una presencia en las instituciones sanitarias y educativas y, por tanto, en la sociedad. Cuando comencé mi formación en psicoanálisis puse en marcha una consulta que continúa en la actualidad. Quiero resaltar que, junto con mis analistas, supervisores y profesores, los pacientes me han enseñado y me enseñan a ser psicoanalista.

 

Para usted, ¿cuál es el aporte fundamental del psicoanálisis hacia el conocimiento del individuo, de la salud mental, y a la sociedad en general?

Creo que el principal aporte del psicoanálisis al conocimiento del individuo es el descubrimiento del inconsciente. Freud, a partir de los sueños, de su autoanálisis, de su experiencia clínica con las pacientes histéricas y de gran formación, descubrió las las leyes del inconsciente y, por ende, abrió la vía de su conocimiento y creó un instrumento terapéutico. Pero además el psicoanálisis aporta su saber sobre el aparato psíquico y sobre el funcionamiento del psiquismo. En dicho aporte la pulsión y la sexualidad infantil ocupan un lugar fundamental.

El aporte fundamental del psicoanálisis a la salud mental fue, primer lugar, el método analítico (el encuadre, la regla fundamental, la asociación libre, la atención flotante, la interpretación y la construcción). Método analítico que se basa en el vínculo transfero-contratransferencial con el paciente.

En segundo lugar el psicoanálisis aportó una psicopatología de base analítica, cuyo modelo es la neurosis. Pero junto a las neurosis, redefinió a las psicosis y a las perversiones. El desarrollo del psicoanálisis amplió el espectro psicopatológico con las contribuciones sobre los trastornos límite, la psicosomática, la clínica del narcisismo y la clínica del actuar. Estas contribuciones han puesto en primer plano el dolor psíquico, enriqueciendo la problemática del deseo y de la sexualidad. Pero quiero resaltar que un aporte esencial del psicoanálisis a la salud mental ha sido su comprensión del niño y del adolescente.

En cuanto al aporte a la sociedad en general quiero destacar los trabajos de Freud sobre Psicología de las masas y análisis del yo (1921) y El malestar en la cultura (1930). El primero de ellos nos ha permitido comprender los sistemas totalitarios que tantas sangrías y sufrimientos han causado en el siglo XX; el fundamentalismo religioso y el político siguen el mismo camino en el siglo XXI. Considero que el conflicto entre la pulsión y la cultura y, más en el fondo, el conflicto entre Eros y Tánatos, tienen asimismo una indudable vigencia en la actualidad.

 

¿Cuál o cuáles son la/s crítica/s más acertadas al psicoanálisis? ¿Y las menos acertadas?

Voy a comenzar por las críticas acertadas: el psicoanálisis se ha encerrado en su torre de marfil. Creo que es cierto. Y no lo digo porque piense que el psicoanálisis va a ser un “fenómeno de masas”. Existen las resistencias al psicoanálisis porque existen las resistencias al descubrimiento del inconsciente. El psicoanálisis va a ser cuestionado siempre desde el concepto de “tratamiento validado empíricamente” o desde la concepción de la rentabilidad como objetivo de la atención en salud mental, que tan en boga está en estos momentos en España.

Dicho lo anterior, considero que los psicoanalistas, desde nuestro método específico, hemos de estar muy abiertos a los problemas que nos plantean nuestros pacientes y ser muy honestos en mostrar lo que hacemos (y no lo que debemos hacer, postulado desde una posición elitista y mistificadora), muy abiertos a las nuevas patologías y a confrontarnos con otros profesionales de la salud mental y de la educación para estar presentes en los foros de debate y de intervención. Creo que tenemos un instrumento precioso que no debemos esconder al mundo. Porque cuando lo escondemos es que tenemos un problema fóbico y es muy importante reconocerlo.

En esta apertura lo terapéutico desde el psicoanálisis cobra un valor fundamental, pero también el psicoanálisis aplicado, la presencia del psicoanálisis en la cultura.

Ya me he referido a las críticas desacertadas. Con respecto a ellas se trata de hacer bien nuestro trabajo y poner de manifiesto su sentido y su valor terapéutico, no podemos plegarnos para complacer a esos críticos porque entonces corremos el riesgo de desvirturarnos. Pero en el aislamiento corremos el riesgo de desaparecer, de ahí la importancia de lo que he mencionado sobre la apertura de espíritu y sobre la necesidad de hacer trabajar nuestros conceptos y nuestras técnicas para comprender mejor a nuestros pacientes y poder ayudarles a un cambio psíquico en profundidad.

 

¿Qué campo del psicoanálisis ha despertado mayor interés a lo largo de su carrera?

Para responder a esta pregunta me gustaría remontarme a los inicios de mi actividad profesional. Yo trabajaba en un Centro de Lenguaje dentro de un equipo multidisplinar y me encontré por primera vez con un adolescente que tenía un problema de tartamudez. Dentro del Centro utilizábamos técnicas de relajación y de habla rítmica para trabajar ese trastorno. Pero yo, a la vez que llevaba a cabo el protocolo establecido, comencé a hablar con el adolescente, primero de sus aficiones, después de su familia…Un día le acompañé al circuito del RACE a una carrera de motos, su gran pasión. Me llamó poderosamente la atención que durante el tiempo que estuvimos viendo la carrera él hacía comentarios sobre la marcha de la competición y sobre las características de las motos y prácticamente no tartamudeaba, cuando terminó la carrera volvió a su intenso y habitual tartamudeo. En el Centro se trabajaba con mucha seriedad siguiendo una orientación cognitivo-conductual, pero a mí me llamó mucho la atención lo que se producía al hablar con este adolescente. También me daba cuenta de que si hablábamos de su familia se acentuaba su tartamudez. Pensé que había algo más allá que yo en aquel momento sólo podía intuir. Esto prefiguró mi futuro interés por el psicoanálisis de adolescentes.

Los pacientes adolescentes presentan a menudo problemas serios que nos obligan a no dar por sentado el método analítico, como algo ya dado, porque precisamente la demanda, la verbalización, la asociación libre, el respeto del encuadre no están ya establecidos sino que es preciso construirlos. Es necesario todo un trabajo preliminar para poder después llevar a cabo un trabajo propiamente psicoanalítico. Sin embargo, desde el primer encuentro con el adolescente nos ponemos en juego como psicoanalistas. Los adolescentes han aportado a mi experiencia clínica compromiso, flexibilidad, cuestionamiento de los saberes previos ya dados y, especialmente, contacto con mi propia adolescencia para conectar con los aspectos de desamparo, abandono, humillación y rabia; así como con la sexualidad y las defensas. En definitiva, el trabajo con adolescentes me ha forjado en el funcionamiento pulsional y en valorar el vínculo. Asimismo en el análisis con adolescentes me he encontrado con autores de diversas escuelas que se llevaban bien, que, sin confusión, aportan diferentes puntos de vista sobre la complejidad del funcionamiento psíquico adolescente. Puntos de vista que enriquecen el trabajo clínico con los adolescentes. Quiero destacar entre ellos a Peter Blos, Arminda Aberastury, Mosés y Eglé Laufer, Philippe Gutton y en la actualidad  Anna María Nicoló. François Richard y otros. Pero también en la formación en la APM y trabajando como miembro he tenido la suerte de aprender de Teresa Olmos y de Patricia Grieve y de compartir con María Hernández la tarea de la formación en psicoanálisis de adolescentes, como profesores de varios seminarios.

Dicho todo lo anterior, no me gusta restringirme a ser especialista en adolescentes. Más bien pienso que los pacientes adolescentes son, en general, bastante difíciles, y me gusta tener un número limitado de adolescentes en mi consulta, para poder hacerlos compatibles con pacientes de otras edades, adultos, púberes y niños.

 

Respecto a la formación del psicoanalista, ¿cuál es el reto que deben afrontar las sociedades psicoanalíticas?

Creo que el reto que deben afrontar las sociedades psicoanalíticas es, como he afirmado en la respuesta a la pregunta 3, es formar psicoanalistas abiertos, capaces de tener un profundo conocimiento de los postulados básicos del psicoanálisis, de recrearlos con los pacientes, pero también de tener una apertura hacia lo nuevo que suscitan los pacientes. Psicoanalistas que, desde su método, sin renegar de él, sean flexibles para adaptar su técnica a las necesidades terapéuticas de los pacientes. Psicoanalistas capaces de insertarse en el mundo, de debatir con otros profesionales y de enriquecer el psicoanálisis. Creo que hay una dialéctica entre lo viejo y lo nuevo que es fundamental pues “los tiempos están cambiando”.

El mencionado objetivo requiere un rigor en la formación, en la cual el trípode de análisis personal, supervisión y seminarios de formación, sigue siendo esencial. Pero ese rigor no ha de ser un “rigor mortis” sino una transmisión viva, abierta a los nuevos tiempos, a los pacientes reales y a sus necesidades específicas y no a los pacientes idealizados. Por supuesto que se trata de formar a psicoanalistas y se trata de cuidar con esmero el modelo psicoanalítico del encuadre clásico, adaptando ciertas exigencias (supervisiones oficiales, número importante de seminarios) a la formación en dicho modelo. Pero hay pacientes que no se adaptan a ese modelo, algunos no se adaptan de entrada y pueden después llevar a cabo una experiencia analítica, y hay que formar también para atender a estos pacientes, para comprenderlos y para hacer un trabajo fecundo con ellos.

Esta formación que propugno no supone negar las diferencias de experiencia, de formación, de categorías dentro de las instituciones psicoanalíticas, pero sí supone hacer operativas, permeables y flexibles esas diferencias para que no coadyuven al elitismo, a los estamentos estancos, a la idealización y al infantilismo de los candidatos.

Una sociedad psicoanalítica es como “una sociedad en pequeño” y las relaciones entre sus miembros prefiguran las relaciones que estos van a tener con la sociedad. De ahí que la apertura comienza en la propia casa.

 

 

 

 

 

 

 

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